Pacta sunt servanda

El futuro del Plan de Acción Integral Conjunto (en adelante PAIC o Acuerdo Nuclear) entre Irán y el Grupo E3 / UE + 3 está en el aire después de la elección inesperada de Donald Trump como 45 presidente de los Estados Unidos de América el pasado 8 de noviembre. Durante la campaña el presidente electo criticó de forma reiterada el Acuerdo Nuclear alcanzado el 14 de julio de 2015 con la República Islámica de Irán después de 13 años de conflicto en torno a la naturaleza militar o pacífica del programa nuclear iraní. Las agencias de inteligencia occidentales y los analistas, Graham Allison de Harvard entre ellos, afirmaban a mediados de 2015 que el Régimen de los Ayatolás se encontraba a unos meses de construir una bomba nuclear.
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El Acuerdo Nuclear se fundamenta en un quid pro quo entre Irán y la comunidad internacional. Irán renunció a avanzar en su programa nuclear y aceptó limitaciones temporales al mismo a cambio del levantamiento de las sanciones que han ahogado la economía iraní desde 2012 (provocaron una contracción de un 9% del PIB iraní entre 2013 y 2014.

Cuando tome posesión el presídete electo en enero de 2017 se cumplirá un año y medio desde la entrada en vigor del Acuerdo Nuclear. En los últimos meses los mayores artífices del PAIC por parte iraní, el presidente Hassan Rouhani y el Líder Supremo de la Revolución, el Ayatolá Ali Jamenei, han acusado a la administración Obama de no hacer más para despejar todas las dudas que desalientan la inversión en Irán e impiden la recuperación económica del país persa. Aunque el círculo íntimo del presidente Rouhani acepta que EE.UU ha cumplido con su obligación de levantar las sanciones vinculadas con el programa nuclear iraní, las expectativas del régimen son altas. Teherán espera que Washington se implique en despejar las dudas de los bancos e inversores internacionales. Sin un aumento considerable de las inversiones en su industria del petróleo y en el resto de la economía, difícilmente se podrá volver al crecimiento. Se trata de una cuestión política clave para el futuro del presidente Rouhani que se juega su reelección en mayo de 2017

Será en estas circunstancias que el presidente electo Donald Trump y su equipo afrontarán qué hacer con el Acuerdo Nuclear de 2015. A la hora de considerar qué alternativas barajará la administración Trump debemos advertir que sabemos muy poco de los planes del presidente electo. Además, la decisión sobre el Pacto Nuclear formará parte del anunciado replanteamiento general del compromiso de EE.UU con el orden internacional.

Por otra parte, en enero el presidente electo tendrá que pasar de las musas al teatro y veremos si aplica las recetas de política exterior que ha prescrito en campaña para recuperar la grandeza de EE.UU. En este asunto existen dos escuelas de opinión: los optimistas piensan que el pragmatismo del hombre de negocios llevará al presidente electo a abandonar a partir de enero sus medidas más disruptivas mientras que los escépticos replican que Donald Trump pondrá en práctica un cuerpo de ideas que le ha acompañado a lo largo de las últimas tres décadas (ver artículo del prof. Daniel Drezner in the Washington Post del pasado 4 de noviembre).

La génesis de su política exterior con Irán y en su conjunto también dependerá de la personalidad del finalmente elegido para representar a la Casa Blanca en el mundo. Los candidatos mejor situados son Mitt Romney, anterior candidato presidencial del Grand Old Party y abanderado del establishment republicano, y Rudy Giuliani, ex alcalde de Nueva York y muy leal a Donald Trump durante la campaña. Los dos candidatos suscitan dudas en el presidente electo que ha entrevistado a otros candidatos para el puesto. De momento, los elegidos para los puestos de consejero de seguridad nacional y director de la CIA se han mostrado muy hostiles al Pacto Nuclear.

Los cambios de opinión y la retórica errática que caracterizan al presidente electo han llevado a analistas tan prestigiosos como Suzanne Mahoney de Brooking a afirmar hace unos días que la perspectiva de conflicto militar entre Irán y EE.UU no puede descartarse.

El margen de maniobra del presidente en este asunto es directamente proporcional a la debilidad del Acuerdo Nuclear, el cual no está blindado contra los cambios de gobierno. Es un acuerdo cuyo cumplimiento depende del poder ejecutivo. De hecho la Administración Obama ha levantado las sanciones mediante decretos presidenciales que establecen exenciones temporales o suspenden las sanciones aprobadas por el Congreso. En breve el presidente Trump gozará de esas mismas prerrogativas para revocar o renovar esas exenciones.

El presidente Trump podría utilizar la amenaza de la revocación unilateral de las exenciones o la no renovación de éstas para presionar al régimen iraní en los ámbitos de su programa de misiles balísticos y su política regional. Con estas amenazas incluso podría pretender forzar una renegociación del Pacto Nuclear. Un enfoque contrapuesto al a la política de compromiso constructivo exhibida por el presidente Obama que aisló la negociación nuclear, a nuestro juicio de forma acertada, de la resolución de otros contenciosos que enfrentan a las partes.

Una segunda opción sería debilitar el Pacto Nuclear de forma indirecta, sin retirarse del acuerdo o renegociarlo. Podría mirar para otro lado y no ejercer su derecho de veto de la normativa que el Senado pretende aprobar en breve para sancionar a Irán. Actualmente circulan en las cámaras casi treinta propuestas de nuevas sanciones contra los sectores económicos que apoyan la joya de la corona de la industria iraní de la defensa, el sector de los misiles balísticos dirigido por la Guardia Revolucionaria, y también contra la proyección regional de Irán y los abusos de derechos humanos. La Cámara de Representantes aprobó hace una semana de forma abrumadora un paquete de sanciones adicionales contra Irán y ahora está pendiente el voto en el Senado que está controlado por el Grand Old Party.

Existe una tercera opción menos agresiva que puede valorar la futura administración Trump. La redacción de las estipulaciones del Pacto Nuclear sobre el levantamiento de las sanciones contra Irán se caracteriza por una ambigüedad evidente que alimenta las dudas de los inversores y bancos internacionales para volver a Irán. Cada vez que las autoridades iraníes se han quejado de la lentitud de la recuperación económica y la ausencia del prometido dividendo de la paz, el presidente Obama y el secretario de estado Kerry han actuado como los valedores de Irán para tranquilizar a los inversores y bancos internacionales. Trump no tiene qué continuar necesariamente con ese enfoque.

Sin duda, cualquiera de estas opciones por separado o de forma combinada pondrá a prueba el compromiso iraní con el Pacto Nuclear. El presidente Hassan Rouhani, el arquitecto de la solución negociada, rechaza la renegociación del PAIC pero tampoco puede asumir sin coste político unas sanciones adicionales que abortarían el reciente repunte de la economía. El centrista Rouhani ganó la presidencia de la República Islámica en 2013 con la promesa de encontrar una solución diplomática al conflicto nuclear e impulsar la recuperación de la economía. La alianza internacionalista de las facciones aperturista, moderada, y reformista, que respaldó su apuesta negociadora, ganó la elecciones legislativas de hace unos meses pero muestra signos de descomposición debido a un dividendo de la paz que se resiste a hacerse realidad casi un año después del levantamiento de las sanciones.

Un golpe de timón de la política iraní de EE.UU, dependiendo de su alcance, podría frustrar los avances que han realizado las fuerzas moderadas en Ia República Islámica desde 2013. Y significaría un nuevo motivo para el descontento in crescendo con el Pacto Nuclear de la opinión pública iraní, la segunda muleta en la que se ha apoyado el presidente Rouhani junto con la alianza internacionalista de las élites iraníes de las facciones aperturista, moderada y reformista. El fin de la política estadounidense de compromiso constructivo con Irán dañaría las probabilidades de reelección del centrista Rouhani en los comicios presidenciales de mayo de 2017. Ello podría conducir a la vuelta al poder de los ultraconservadores iraníes, los cuales han denunciado desde 2015 que el acuerdo representa la rendición de Irán ante el Gran Satán

Sin duda, las derivadas de política interna iraní serán un elemento que pondrá en valor la administración Trump.

Las opciones del presidente Trump en Irán se encuentran limitadas por el amparo unánime que recibió el Pacto Nuclear de 2015 en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas mediante la resolución 2231. Cualquier intento unilateral de renegociación iría en contra de una resolución aprobada por el Consejo de Seguridad y sería difícil de justificar a la vista de los informes del Organismo Internacional de la Energía Atómica, el supervisor de la ONU, que ha informado favorablemente hasta ahora del cumplimiento iraní de las limitaciones a su programa nuclear recogidas en el Pacto Nuclear de 2015. No obstante, hace dos semanas el supervisor llamó la atención de Irán sobre la superación de los límites de agua pesada.

Una renegociación del PAIC distanciaría a la nueva administración de sus aliados europeos que valoran la apertura económica de un mercado, el iraní, de más de 70 millones de habitantes y la utilidad del Pacto Nuclear para la estabilización regional. Es probable que un hombre de negocios como Donald Trump también pondrá en valor las oportunidades de negocio en Irán para las empresas americanas. Un golpe de timón con Irán le enfrentaría con Rusia que es el gran abanderado de Irán, y con China. Una retirada unilateral del Pacto Nuclear o su renegociación tendría un coste adicional para la administración Trump y EE.UU en términos de credibilidad ante una comunidad internacional que, con la excepción de Israel, Arabia Saudí y el resto de Monarquías Árabes del Golfo, respaldó mayoritariamente el Pacto Nuclear de 2015.

images-1Un cambio de política hacia la República Islámica chocaría con otros objetivos y estrategias que el presidente electo ha adelantado para su política exterior, en particular, la derrota del DAESH. La República Islámica de Irán es la potencia regional más comprometida en la lucha contra el grupo yihadista en Iraq. La nueva administración también necesitará una posición constructiva del régimen iraní para estabilizar Iraq tras la expulsión del Estado Islámico.

Por último, el presidente electo ha puesto en solfa el papel de policía internacional que EE.UU ha ejercido después de la caída del muro de Berlín y ha manifestado sus tendencias aislacionistas. Estas son premisas que, en principio, son incompatibles con una vuelta a la amenaza militar para lidiar con Irán a expensas de un acuerdo nuclear que, a pesar de sus defectos, está funcionando. El presidente electo, al igual que el presidente Obama, ha conectado con una corriente de fondo de la sociedad norteamericana que está harta de las guerras de la era Bush.

Estas serán algunas de las limitaciones de peso y el contexto que tendrá que considerar el presidente electo en la cuestión iraní.

No obstante, el presidente Trump sentirá la necesidad de hacer algo en este asunto. El partido republicano se ha posicionado mayoritariamente en contra del PAIC y el presidente se está rodeando fundamentalmente de “halcones”. Probablemente mirará para otro lado cuando el Congreso apruebe un nuevo paquete de sanciones y los iraníes acusen a EE.UU, con la simpatía del resto de la comunidad internacional, de violar el espíritu del Pacto Nuclear. No sería necesariamente el fin del Pacto Nuclear.

Las consideraciones anteriores y la dudosa utilidad para los intereses EE.UU o para la seguridad regional o internacional de una retirada unilateral o renegociación del Acuerdo Nuclear sugieren que la administración Trump no adoptará unas medidas tan disruptivas. De hacerlo el Presidente cometería una “locura”, como ha advertido el director de la CIA saliente, John Brennan. Sería un desastre, según Brennan,  en tanto que el desaire de Washington aceleraría la vuelta al gobierno de los más duros del régimen iraní y la reactivación del programa nuclear iraní desencadenaría una carrera nuclear en la región.

Además el presidente Trump encontraría muchas dificultades a la hora de justificar la retirada de EE.UU de un acuerdo que está funcionando y que fue obra suya desde el principio. Irán ha enviado el 98% de sus “stocks” de uranio enriquecido a Rusia y ha desmantelado alrededor de 12.000 centrifugadoras (2/3 del total incluyendo las más avanzadas), ha inutilizado su reactor de plutonio, y está sujeto a un régimen de verificación muy severo en manos del OIEA que ha verificado de forma regular que la República Islámica observa las limitaciones a su programa nuclear recogidas en el PAIC. En definitiva, en palabras de Susan Rice, consejera de seguridad nacional del presidente Obama, el Pacto Nuclear ha inhabilitado todos los caminos de Irán a la bomba nuclear.

No obstante, esta línea de razonamiento lógico, dadas las cautelas expresadas al principio, no tiene por qué prevalecer sobre otras consideraciones.

Sería una lastima si la cordura no se impone. El acuerdo es positivo para la región, es un factor de estabilización que aleja, al menos de forma temporal, la perspectiva de una bomba nuclear iraní y previene un nuevo foco de conflicto en una zona caliente del planeta, abrumada por la violencia estatal y no estatal. El Pacto Nuclear demuestra que se pueden alcanzar acuerdos con Irán a través de la negociación y sirve de ejemplo para la resolución de otros contenciososregionales. Y por último, ha ejercido una influencia moderadora en la política interna iraní que, de mantenerse en el tiempo, tendría efectos similares hacia el exterior.

En definitiva, la mejor opción que tiene el Presidente electo en Irán es mantener en vigor el Pacto Nuclear y contribuir al éxito de un acuerdo que es una creación de EE.UU, está funcionando y es positivo para Washington y la región. Ello no es óbice al lanzamiento por parte de Washington de otras iniciativas diplomáticas o el despliegue de instrumentos de presión que han demostrado su eficacia, siempre que no violen el espíritu o la letra del PAIC. Pacta sunt servanda.

@lamiradaaoriente

Acerca de La mirada a Oriente

Me interesa entender qué ocurre fuera de nuestras fronteras, analizar por qué ocurre y proyectar escenarios sobre qué puede pasar. Mis áreas de interés son Irán, Oriente Medio y Norte de África, China y la política exterior de Estados Unidos en esas zonas. Mi formación es multidisciplinar. Tengo un Grado en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales por la Universidad de Londres - London School of Economics and Political Science. También soy licenciado en Derecho y Master en Estudios Europeos por el Colegio de Europa. Desde 2008 pertenezco al Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado y trabajo para la Administración General del Estado. Anteriormente trabajé más de ocho años en la OSCE, la Asamblea de la OTAN y varias misiones de Naciones Unidas, principalmente en los Balcanes y alguna en África.
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