Oportunidad europea para influir en la postura china en la guerra de Ucrania.

Cuando el gobierno lituano pidió hace unos días a la Comisión Europea cancelar la Cumbre virtual UE-China, prevista para este viernes 1 de abril, debido a la negativa del gobierno chino a condenar la agresión rusa a Ucrania, el resto de gobiernos europeos defendieron la celebración de la reunión y la necesidad de mantener abiertos los canales de comunicación con Beijing.  

Ciertamente la actitud china prorrusa, de respaldo retórico del argumentario moscovita, y de espera cauta a la evolución de los acontecimientos, incomoda a la UE: la invasión rusa de Ucrania ha planteado a Bruselas el enorme desafío de una guerra en el corazón de Europa y la amenaza más grave en décadas a la seguridad y estabilidad europea. Los países europeos están enviando armamento al gobierno ucraniano y, por razones de proximidad, temen con mayor razón las amenazas del presidente Vladimir Putin a cualquier país que interfiera en la guerra de Ucrania.

Después de más un mes de guerra, y a pesar de las peticiones procedentes de la mayoría de la comunidad internacional, el gobierno chino no ha presionado a Vladimir Putin para que ponga fin a la guerra. Vladimir Putin empieza a ser consciente del callejón sin salida en el que se ha metido y puede que las realidades de la guerra estén cambiando su estrategia: en el plano internacional, la agresión rusa ha fortalecido y unido a la UE, la OTAN y Occidente mientras que China, su principal socio, evita salir en su ayuda por el daño colateral que las sanciones económicas harían a sus empresas, tensando la amistad “sin límites” que los dirigentes chino y ruso suscribieron el pasado 4 de febrero; en Ucrania, la ofensiva rusa está estancada, debido a las ineficiencias del ejército ruso en el campo de batalla y la resistencia férrea del ejército ucraniano; y en Rusia, el impacto in crescendo de la avalancha de sanciones económicas sin precedentes que la UE, junto con Estados Unidos y otros aliados occidentales, impusieron a Rusia, pudiera hacer retroceder a Rusia dos décadas.  

La Cumbre UE-China representa una nueva oportunidad para que China adopte una postura sobre la guerra en Ucrania más sensible con una Europa amenazada por el uso de la fuerza por parte de Rusia. El presidente Joe Biden, en su viaje a Bruselas la semana pasada, pidió a los líderes europeos que replicaran en su cumbre con China el mensaje que él había trasladado a Xi Jinping anteriormente: le advirtió que habría sanciones económicas si Beijing ayuda a Rusia a burlar las sanciones occidentales. Los aliados temen que Xi Jinping proporcione ayuda militar, económico y financiera a Rusia.

Los presidentes de la Comisión Europea (Ursula Von der Leyen), del Consejo Europeo (Charles Michel) y el Alto Representante  para la Política Exterior (Josep Borrell), tendrán su oportunidad para trasladar el mensaje a Xi Jinping y al primer ministro Li Keqiang, puesto que la Cumbre virtual UE-China se centrará en el asunto del momento: Ucrania. Así se desprende de una nota informativa que ha difundido el Consejo Europeo según la cual los asuntos a tratar serán Ucrania, la crisis humanitaria y la desestabilización del orden internacional; el estado de las relaciones bilaterales incluyendo cambio climático y salud, y el restablecimiento de unas relaciones comerciales más equilibradas y recíprocas; y la necesidad de garantizar el cumplimiento de las reglas y principios del orden internacional.

Una petición de mínimos, probablemente conciliable con la actitud de espera y la prudencia del gobierno chino, sería  la neutralidad china en Ucrania, y que los bancos chinos se abstengan de  proporcionar a Rusia una vía de divisas y de sistemas alternativos de pagos a las empresas y gobierno ruso.

Existe algunos factores catalizadores que podrían empujar al gobierno chino a responder de una forma constructiva a las advertencias y peticiones europeas.  La Unión Europea es el principal socio comercial de China (14% del comercio chino), más valioso en los últimos años a medida que se ha deteriorado la relación con los EE.UU, y China valora el papel menos beligerante de la UE que contribuye a destensar las relaciones de Beijing con Washington y Occidente.

Xi Jinping y Le Keqiang asisten a esta cumbre con una economía china debilitada que crece por debajo del 7% anterior a la pandemia (este año el objetivo del gobierno chino es un 5,5%), unos niveles que los dirigentes chinos juzgan incompatibles con la creación de empleo, la condición habilitante de la legitimidad del régimen comunista, y lo peor de todo es que las perspectivas de crecimiento para los próximos años se limitan al 5% anual. La política de “Covid cero”, sumada a la menor efectividad de la vacuna china, están provocando un parón en la producción y la guerra de Ucrania empeora todavía más las previsiones económicas. En esta coyuntura China querrá garantizar sus exportaciones a la UE.

Además, las relaciones entre China y la UE no atraviesan por su mejor momento. Un Acuerdo de inversiones China-EU (CAI, por sus siglas en inglés) se firmó en diciembre de 2020 y está pendiente de ratificación. El proceso de ratificación se suspendió hace un año cuando China sancionó a parlamentarios europeos en respuesta a las sanciones impuestas por la UE por la violación de los derechos humanos en Xingjiang. En su momento las autoridades europeas señalaron que el acuerdo CAI, en lo que se refiere a la apertura de la economía china, es el más ambicioso que ha firmado China con un tercer Estado o grupo de Estados. 

Otro contencioso que mantiene la UE con China es el relativo al conflicto entre Lituania y China. En enero pasado la UE inicio un procedimiento contra China ante la OMC por prácticas comerciales discriminatorias contra el país báltico. Pekín impuso sanciones a las exportaciones de Lituania, en respuesta al permiso que el gobierno lituano otorgó a Taiwán para abrir en su capital una oficina de representación, lo que es de facto una embajada. Por su parte, China entiende que se trata de un conflicto de naturaleza política y bilateral con Lituania.

Por último, los dirigentes chinos, a los que debe haber pillado por sorpresa la unidad de acción desplegada por la UE, la OTAN y Occidente en contra de Rusia, bajo el liderazgo del presidente Joe Biden, querrán impedir que ese frente unido en torno a Rusia se vuelva contra China. En la guerra de Ucrania, China, como ya viene siendo habitual, ha intentado meter una cuña entre Washington y las capitales europeas, promoviendo a través de sus comparsas en Europa (medios de comunicación y académicos), un relato según el cual los europeos corren con la factura de un gas natural más caro y de 4 millones de refugiados ucranianos, mientras que Estados Unidos permanece a cubierto protegido por dos océanos, y las acciones de su industria armamentística se disparan en bolsa (por cierto, al igual que las de la industria europea).

En definitiva, Xi Jinping necesita recomponer la relación con la Unión Europea no solo para cortocircuitar una hipotética alianza occidental centrada en la oposición a China, sino también para garantizar la continuidad de las exportaciones e inversiones en Europa en los próximos años, en un momento de vulnerabilidad de la economía china. Interesa cierta estabilidad al líder chino especialmente este año en el que espera que el Congreso del Partido Comunista Chino le otorgue un tercer mandato al frente de China. Por eso es muy probable que Xi Jinping presente a China este viernes como un país amante de la paz, promotor de cooperación en todos los frentes, y neutral en el conflicto entre Rusia y Ucrania.

Por su parte, la Unión Europea debe advertir a China que cualquier ayuda a Rusia para burlar las sanciones económicas será interpretada como una acción que perjudica los intereses europeos que exigen poner fin cuanto antes a una guerra en el corazón de Europa y frenar las ambiciones de Vladimir Putin en el continente.

Un mes después de la adopción de las sanciones a Rusia, la UE y los gobiernos europeos se encuentran bajo una presión cada vez mayor para emprender nuevas acciones contra Rusia, procedente de las peticiones del presidente ucraniano Zelensky para hacer más, las sugerencias de EE.UU. en ese sentido, y unas opiniones públicas entregadas a la causa ucraniana. Descartada la zona de exclusión aérea y el envío de aviones de combate, por el riesgo de escalada del conflicto, y el embargo de los hidrocarburos ante las resistencias de Alemania e Italia, sería un logro para la UE conseguir algún ajuste en el relato que realiza China de la guerra de Ucrania, su compromiso de influir en su socio ruso para que detenga el conflicto o, al menos, una garantía china de neutralidad y de abstenerse de ayudar a Rusia para esquivar las sanciones.  

Con este objetivo en mente los dirigentes europeos podrían dar confianza a China y trasladarle, que salvo que el gobierno chino proporcione un balón de oxígeno a Rusia que tendría el efecto de prolongar la guerra, la Unión Europea seguirá tratando a China como hasta ahora: como un socio, un competidor y un rival (no como un enemigo). China es nuestro principal proveedor de mercancías, importamos el 22% de las mercancías de China y, un mercado en expansión,  el 10% de nuestras exportaciones se dirigen a China. En volumen de comercio representan la mayor relación comercial del mundo. Ambas dependientes en materia energética, comparten posiciones en materia de lucha contra el cambio climático.

La UE y China adoptaron una agenda estratégica para la cooperación en 2020, el último año del mandato del presidente Trump, cuando las relaciones entre la administración Trump, Bruselas y las cancillerías europeas habían tocado fondo. La administración Biden ha intentado desde enero de 2021 recomponer las relaciones con sus aliados europeos.

La Unión Europea no debería dejarse arrastrar a participar directamente de la guerra soterrada que libran China y Estados Unidos en los últimos años. China percibe a EE.UU. como una potencia hegemónica en declive dispuesta a resistir por todos los medios el ascenso de China y a buscar un cambio de régimen en Pekín. Por su parte, Washington mira al gigante asiático como un competidor con unas capacidades crecientes en los terrenos militar, económico, tecnológico, similares a las de EE.UU, que busca la preeminencia en Asia a expensas de Washington, y el estatus de superpotencia. A los europeos les conviene, en principio, abstenerse de replicar el relato del conflicto que traslada la Casa Blanca, el de una guerra entre democracias y autocracias, un discurso ideológico inspirado en el idealismo wilsoniano que recoge propuestas sutiles de cambio de régimen.

En definitiva, la cumbre UE-China será una reunión de alto voltaje, de mucho contenido político, muy distinta a las anteriores cumbres con Beijing. La reunión presenta a los europeos una oportunidad de oro para comportarse como un actor geopolítico en la defensa de sus intereses, de los cuales el más apremiante en estos momentos es poner fin a la guerra de Ucrania y frenar a Vladimir Putin, empeño para el que necesitan que el gobierno chino adopte una postura más constructiva y sensible con la Europa amenazada. Los europeos deben construir sobre la determinación novedosa que han mostrado en su resistencia a la agresión rusa a Ucrania, haciendo valer tanto su peso económico para el comercio chino, en una situación de vulnerabilidad de la economía china, como el papel que pudieran representar en el enfrentamiento sistémico de los Estados Unidos con China.

Por La mirada a Oriente

Me interesa entender qué ocurre fuera de nuestras fronteras, analizar por qué ocurre y proyectar escenarios sobre qué puede pasar. Mi formación es multidisciplinar. Tengo un Grado en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales por la Universidad de Londres - London School of Economics and Political Science. También soy licenciado en Derecho y Master en Estudios Europeos por el Colegio de Europa. Desde 2008 pertenezco al Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado y trabajo para la Administración General del Estado. Anteriormente trabajé más de ocho años en la OSCE, la Asamblea de la OTAN y varias misiones de Naciones Unidas, principalmente en los Balcanes y alguna en África.

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