Límites al partenariado sino-ruso ¿Qué haría China si Rusia invade Ucrania?

Del comunicado conjunto de Shaghai al manifiesto de Beijing

El 22 de febrero de 1972 el diario ABC llevaba en su portada el titular “Dos mundos frente a frente” y una foto del presidente norteamericano Richard Nixon, representante de la democracia liberal y capitalista, estrechando la mano de Mao Zedong, representante mundial del totalitarismo marxista. La llamada “diplomacia triangular” fue una jugada audaz del presidente Nixon y de su secretario de estado Henry Kissinger. La Guerra Fría entre EE.UU y la URSS atravesaba una etapa de distensión, y Nixon y Kissinger supieron ver una oportunidad de largo alcance en las tensiones existentes entre Pekín y Moscú, que habían roto relaciones diplomáticas en 1969 a raíz de un choque armado en la frontera. Los líderes chinos habían contemplado con estupor la entrada de los tanques del Pacto de Varsovia en Praga en 1968 y sufrían en la lejanía la posibilidad de que Moscú aplicase a China la doctrina Brezhnev o de soberanía limitada. Por entonces China era un país con 862 millones de habitantes, un PIB de 110.000 millones de dólares y algo más de 130 dólares per cápita (Banco Mundial).  

En el comunicado conjunto de Shanghai de febrero de 1972, Mao Zedong y Richard Nixon, se comprometieron a oponerse a cualquier país que pudiera buscar la hegemonía en Asia. Ambos tenían en mente a la Unión Soviética, el único país con capacidades militares entonces para imponerse en el continente asiático. La reanudación de relaciones diplomáticas con Estados Unidos rompió el aislamiento diplomático de China. Fue un punto de inflexión en la historia del país en cuanto que el deshielo con Washington sirvió para que, a la muerte de Mao, su sucesor Deng Xiaoping, realizase una serie de reformas de mercado que sentaron las bases para la modernización del país.

Medio siglo después, con la Unión Soviética desaparecida y Estados Unidos, el vencedor de la Guerra Fría, convertido en potencia dominante, China se ha convertido en un país rico, puntero en tecnología, influyente, y poderoso. Trata de tú a tú a Estados Unidos y compite con Washington por la hegemonía en la región de Asia-Pacífico, actuando ambas en contra de una de las cláusulas del comunicado conjunto de Shanghai de 1972.

China ha decidido cambiar de pareja de baile. Ahora el presidente chino Xi Jinping llama al presidente ruso Vladimir Putin “his best friend”. El estrechamiento de relaciones políticas y económicas sino-rusas ocurre principalmente a partir de la ronda de sanciones impuestas por Occidente a Rusia en 2014, a raíz de la anexión de Crimea, que aislaron a Moscú y le obligaron a Moscú a mirar con más interés a su vecino oriental. No obstante, la restauración de relaciones en todos los campos se remonta a finales de los años 1990 y desde entonces no han cesado de intensificarse, superando la desconfianza histórica, y llegando a su mejor momento en la actualidad. Esa confianza ha permitido a Vladimir Putin desplazar sistemas de defensa desde el Lejano Oriente a la frontera con Ucrania, a pesar de la histórica aprensión de los gobiernos rusos a la colonización china en esa región tan alejada de Moscú.

Xi Jinping escogió a Vladimir Putin para ser el primer dirigente extranjero con el que se reúne en persona después de dos años, en los que los líderes chinos no han pisado suelo extranjero por el temor al contagio del COVID 19. Fue en la cumbre de Beijing del pasado 4 de febrero, en los prolegómenos de la inauguración de los Juegos Olímpicos de invierno que alberga el gigante asiático. En nota de prensa conjunta Xi Jinping y Vladimir Putin afirmaron su oposición a una ampliación de la OTAN, criticaron las interferencias de ciertos Estados que quieren imponer sus estándares democráticos a los demás, en clara referencia a Estados Unidos, y acordaron reforzar su cooperación en el terreno político, económico y en la seguridad. Alguna agencia ha informado que Xi habría pedido a Putin que demore cualquier intervención en Ucrania hasta la clausura de los Juegos, programada para el 20 de febrero (el presidente Xi se ha implicado directamente en la organización de los Juegos, una organización perfecta de estos le permitirá inflamar más ardor patriótico a punto de cumplir una década en el poder). 

La cercanía y sintonía que muestran Rusia y China podría considerarse un éxito de Vladimir Putin y de Xi Jinping, y un fracaso estratégico de las últimas administraciones de Estados Unidos, que han permitido la aproximación de sus dos enemigos más capaces.

             Intereses convergentes

En Beijing Xi y Putin se han brindado apoyo mutuo en un momento de creciente hostilidad y presión occidental. Occidente amenaza a Rusia con un paquete de sanciones sin precedentes si invade Ucrania y los gobiernos occidentales han boicoteado la inauguración de los Juegos Olímpicos por la violación sistemática de los derechos humanos en la región de Xinjiang.

Muchos se han empeñado estos días en subrayar que los intereses comunes de Rusia y China conducirán a Xi y Vladimir a coser la alianza estratégica más potente del siglo XXI. Cierto es que son las grandes potencias revisionistas del orden Internacional liberal, surgido después de la II Guerra Mundial, asentado sobre el multilateralismo, las democracias liberales y la Globalización, consolidado después de la caída de la Unión Soviética en 1991.

En el terreno geopolítico ambas resienten la dominación estadounidense y el mundo unipolar de las tres últimas décadas, y cuestionan el reparto de poder en las instituciones internacionales, a las que por otra parte acusan de comportarse como comparsas de las ideas occidentales de la democracia y de los derechos humanos. Ambas exigen el reconocimiento de su poder e influencia en sus zonas de interés o influencia.

Sus economías son complementarias. China dispone de capital en abundancia, tecnología y un apetito creciente por los hidrocarburos rusos, los mismos que Putin podría dejar de vender a los europeos si estos imponen más sanciones. Por su parte, Rusia ofrece a China sus hidrocarburos a través de vías terrestres, inmunes a un hipotético bloqueo naval que pudiera interrumpir las importaciones de petróleo del gigante asiático (ocho de cada 10 barriles de petróleo que importa china tienen que cruzar el Estrecho de Malaca o el Mar de China).

En la cumbre reciente del 4 de febrero, los dos países firmaron otro acuerdo histórico para garantizar el suministro de gas de Rusia a China.  Los rusos se comprometieron a construir el Gasoducto “Power of Siberia 2” que incrementará considerablemente el gas que Rusia vende a China (actualmente le proporciona el 40% del gas consumido por China).

A Xi y a Putin les une el temor a las revoluciones democráticas, apoyadas por Estados Unidos y Occidente, a los que acusan de buscar un cambio de régimen. Ejemplos no les faltan, desde el Euromaidan en Ucrania a Hongkong pasando por las protestas de la minoría Uigur en Xingjiang o los disturbios recientes en Kazajistan. No deja de ser curioso que los adalides de la retórica contrarrevolucionaria actual fueron hace 50 años aprendices de unos líderes comunistas que apoyaron las revoluciones por medio mundo.

Por su parte, los líderes chinos, a punto de celebrar, ciertamente con poca fanfarria, la efeméride del comunicado conjunto de Shanghai de febrero de 1972, añoran la diplomacia neutra de Richard Nixon y Henry Kissinger, inspirada en la geopolítica y el equilibrio de poderes y distante de los principios wilsonianos. 

Xi y Putin quieren ser presidentes a perpetuidad, impulsan un eje de autocracias. En noviembre pasado el Partido Comunista Chino puso a Xi al nivel de Mao Zedong y Deng Xiaoping, allanando el camino para que el presidente se presente a un tercer mandado, frente a la política de dos mandatos de cada presidente desde 1979 que había imperado hasta ahora. Putin lleva al frente de Rusia desde 1999, alternando los cargos de primer ministro y presidente, para lo que ha tenido que reformar la constitución rusa en varias ocasiones. Ambos operan en sistemas políticos autoritarios concentrando en sus manos el poder político y económico, y son un ejemplo de los “liderazgos fuertes” que han proliferado desde principios de siglo en todas partes incluyendo en Europa con Victor Orban, Johnson o Estados Unidos con Trump. Es una amalgama de nacionalismo, conservadurismo e intolerancia con las minorías.

¿Hasta dónde llegarán en su acercamiento?

Con una relación de fuerzas desequilibrada a favor de China, es probable que el acercamiento dure tanto como el pacto entre Stalin y Mao Zedong posterior a la II Guerra Mundial. La economía China (14,8 billones de dólares en 2019) es unas cuantas veces la economía rusa (1,7 billones), de un tamaño parecido a la española y lastrada por las sanciones y su dependencia de la exportación de hidrocarburos. La población china es diez veces la rusa, tiene un PIB per cápita más alto, menor riesgo de pobreza y mayor esperanza de vida. China es el principal socio comercial de Rusia mientras que esta no aparece entre los primeros diez socios comerciales de China. Sin embargo, aparte de hidrocarburos en abundancia, Rusia dispone de veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, armas nucleares, y experiencia y disposición para emplear la fuerza en el exterior.

China quiere suplantar a Estados Unidos como primera potencia mundial y, en esa pugna con Washington, Rusia le sirve a China para equilibrar en poder las capacidades económicas y militares de EE.UU. Rusia quiere ser respectada como una gran potencia. Xi Jinping se ha reunido hasta en 38 ocasiones con Vladimir Putin en los últimos años y conscientemente trata de igual a igual a su homólogo ruso. Los líderes chinos saben bien que Rusia no admitirá una relación jerárquica, no pueden ejercer de patrones porque los rusos no lo aceptarían de la misma forma que Mao Zedong no acepto la tutela de Brezhvev en los años 1960.

China y Rusia divergen en su interés nacional en asuntos medulares. El futuro de China, potencia manufacturera y exportadora, depende en gran parte del acceso a los mercados del sudeste asiático y de Occidente, que es dónde se concentra la riqueza, y de la estabilidad del sistema internacional. China no querrá dañar sus relaciones económicas con Europa y tampoco querrá arriesgarse a sufrir restricciones adicionales a la transferencia de tecnología a China o a sus inversiones en Occidente. También es muy consciente de los esfuerzos que está realizando Europa para romper su dependencia de las cadenas de globales de producción que se inician en China. Por su parte, la economía rusa se beneficia de la inestabilidad internacional, que eleva el precio de los hidrocarburos y no puede sustituir a Europa o a Estados Unidos como cliente de China.

De forma más puntual, en el subcontinente indio, Rusia lleva tiempo profundizando en su cooperación militar con la India y con Vietnam, que ven a China como una amenaza.

China en definitiva es más ambiciosa que Rusia, tiene capacidades para serlo, y al mismo tiempo es más prudente porque se juega mucho más que Rusia. Además, la historia y el tiempo están de su lado, no tiene prisa en su ascenso tranquilo.

En estas circunstancias se comprende que ni China ni Rusia hablen de alianza o se hayan concedido garantías mutuas de seguridad. Es un partenariado cada vez más estrecho, transaccional, pero conservando cada parte la flexibilidad necesaria para atender intereses nucleares propios.

             ¿Qué haría China si Rusia invade Ucrania?

Por último, en la crisis actual desencadenada por la concentración de fuerzas rusas en las fronteras con Ucrania, algunos analistas consideran que sirve a los intereses chinos. Beijing examinará con lupa la determinación (o falta de ella) que muestre Estados Unidos en la gestión del desafío ruso en Ucrania. En estos análisis, la respuesta estadounidense en el este de Europa sería el termómetro de la voluntad estadounidense para defender Taiwán. Sin embargo, los líderes chinos también pensarán que Ucrania presenta un valor estratégico menor para Washington que Taiwán, Japón o Corea del Sur. Europa ya no es el centro de la atención estadounidense, la región Asia-Pacífico, en la que se concentra la riqueza mundial, sí es el centro de gravedad de la política exterior estadounidense. Más allá de estas especulaciones, China seguro que estará muy pendiente del desenlace de la crisis en cuanto a los efectos de refuerzo o de debilitamiento de la posición dominante de Estados Unidos en el mundo.  

Conviene también recordar la posición oficial del gobierno chino en relación con la anexión de Crimea en 2014. Por un lado, Beijing se abstuvo en 2014, dejando sola a Rusia en el no, cuando el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas se pronunció sobre una resolución que llamaba a no reconocer los resultados de un referéndum de autodeterminación en Crimea en 2014. Beijing nunca ha reconocido la anexión de Crimea (o la independencia de las repúblicas pro-rusas de Abjasia u Osetia del Sur). China intensificó sus relaciones comerciales con Ucrania.

Por otro lado, el gobierno chino culpó a Estados Unidos y Europa por las provocaciones a Rusia, intensificó las relaciones comerciales con Rusia y le ayudó a esquivar las sanciones impuestas por Occidente, poniendo a su disposición el yuan. Es un ejemplo del pragmatismo chino en la política exterior, la idea del yin y el yang, que se refiere a que entre dos polos opuestos se pueden establecer relaciones en un mundo interdependiente donde los actores coexisten y es necesario establecer relaciones cooperativas.

La postura china en Ucrania se explica también en su adhesión al principio de no interferencia en los asuntos internos de otras naciones y el respeto a su soberanía e integridad territorial, postura que le es útil para rechazar tajantemente las interferencias de potencias occidentales en el Tibet, Xinjiang y Hong Kong, y proteger su integridad territorial.

En definitiva, no hay ninguna razón para pensar que Xi Jinping abandonará su política de neutralidad y no intervención en Ucrania. Rusia puede esperar apoyo político de China a su reivindicación de garantías de que Ucrania no ingresará en la OTAN, a su exigencia de una zona de influencia. También asistencia para esquivar las sanciones, aunque no parece que esté dispuesta a crear una alternativa al SWIFT.

Por La mirada a Oriente

Me interesa entender qué ocurre fuera de nuestras fronteras, analizar por qué ocurre y proyectar escenarios sobre qué puede pasar. Mi formación es multidisciplinar. Tengo un Grado en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales por la Universidad de Londres - London School of Economics and Political Science. También soy licenciado en Derecho y Master en Estudios Europeos por el Colegio de Europa. Desde 2008 pertenezco al Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado y trabajo para la Administración General del Estado. Anteriormente trabajé más de ocho años en la OSCE, la Asamblea de la OTAN y varias misiones de Naciones Unidas, principalmente en los Balcanes y alguna en África.

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