Ucrania, caza mayor para Putin, pieza menor para Biden.

El Secretario de Estado norteamericano Anthony Blinken y el ministro de Asuntos Exteriores Sergei Lavrov se vieron las caras el pasado viernes en Ginebra en un encuentro fallido, como los tres encuentros precedentes, que concluyó con una apuesta por una apuesta por la vía diplomática, intentando ganar tiempo y de momento no ir a más. No obstante, Rusia ha seguido acumulando tropas en la frontera con Ucrania mientras que la OTAN también sigue reforzando su flanco oriental aunque con una intensidad menor.

Una Ucrania independiente, democrática, viable económicamente, europea y atlantista, un desafío estratégico para Vladimir Putin.

Resuenan con fuerza los tambores de guerra en Ucrania, una ex república soviética, independiente desde 1991 cuando Gorvachev todavía estaba en el Kremlin, pero que volvió rápidamente a la órbita de influencia rusa de la mano de una oligarquía local pro rusa que fue finalmente apartada del poder en 2014 a raíz de las protestas del Euromaidán contra el presidente Yanukovich que se negó a firmar el acuerdo de asociación con la UE. Esta revolución política y la instauración de un régimen prooccidental desencadenó la intervención rusa y la anexión de Crimea, y el apoyo  indisimulado a las revueltas de insurgentes pro rusos en los distritos ucranianos orientales de Luhansk, donde vive una buena parte de los 8 millones de rusos de Ucrania. 

Desde entonces las aspiraciones de Ucrania se han decantado claramente hacia la integración en la Unión Europea y la OTAN, deseos que aunque no han sido atendidos por el momento, sí han sido alentados por europeos y norteamericanos. Desde 2014, con el presidente Poroshenko y especialmente con el presidente Zelensky en la actualidad, los gobiernos ucranianos han perseguido una política más nacionalista que ha desplazado al ruso de las escuelas y de las instituciones, aspirando a construir un Estado ucraniano alejado de Moscú. La perspectiva de una Ucrania europea, atlantista, democrática, independiente y viable económicamente es inaceptable para Vladimir Putin, que siempre ha concebido Ucrania como parte del espacio cultural ruso.

En las últimas semanas Rusia ha movilizado en torno a 127.000 soldados en unas operaciones militares en la frontera con Ucrania, una buena parte de los cuales se encuentran justo al lado los distritos ucranianos controlados por los separatistas pro rusos, y otra parte están desplegados en la confluencia de Ucrania, Rusia y Bielorrusia, a tiro de la capital ucraniana Kiev. También ha desplegado fuerzas y aviones militares, y sistemas de defensa S-400, en Bielorrusia, supuestamente para unos ejercicios militares conjuntos en febrero. A ello se añade un ciberataque gravísimo sufrido por el Gobierno y agencias ucranianas en los últimos días, con toda probabilidad orquestado por Moscú. Intimidación, ciberataques, desinformación, Rusia ya está en guerra (híbrida) con Ucrania.

Para la Rusia de Vladimir Putin la posible adhesión de Ucrania a la OTAN comprometería su seguridad nacional. Ese paso brindaría a Kiev el paraguas de seguridad del artículo 5 del Tratado de Washington por el que los socios de la Alianza estarían obligados a acudir en su ayuda si así la solicita en caso de ataque a su integridad territorial. Además, Rusia y Putin consideran Ucrania al igual que Georgia y Moldavia, como parte de su zona de influencia e interés, que esos países y Occidente deben respetar.

Vladimir Putin ya enseñó sus cartas en 2008 cuando frenó el intento de Georgia de recuperar los territorios de Osetia del Sur y de Abjasia, y de nuevo en 2014 cuando se anexionó Crimea en unas horas, pese a las protestas y las sanciones de Occidente, un atentado contra la integridad territorial de Ucrania con pocos precedentes en la Europa de principios del siglo XXI.

La narrativa de una Rusia asfixiada por la OTAN y la UE, el enemigo externo, una distracción, imprescindible recurso de Putin para perpetuarse en el poder.

Sin embargo, las preocupaciones geopolíticas puede que no sean el principal o el único motivo de Putin. Los primeros dos mandatos del presidente Putin significaron crecimiento económico y bienestar para una buena parte de la población rusa, gracias a las reformas económicas que había llevado a cabo su antecesor Boris Yeltsin. Desde 2011 unos precios bajos de la energía, de la que depende la economía rusa, redujeron el crecimiento económico. La pandemia del COVID 19 y el fiasco de la campaña de vacunación, no han ayudado a remontar al país, a pesar de que los precios de la energía se han recuperado. De hecho, Vladimir Putin vivió las protestas más numerosas contra su régimen el año pasado.

Vladimir Putin, a diferencia de los primeros años de su mandato en que justificaba su régimen autoritario en la eficacia, proyecta en el imaginario colectivo ruso la imagen de una Rusia cercada por Estados Unidos y Occidente, asfixiada por las ampliaciones sucesivas de la OTAN y de la Unión Europea. Es una narrativa que vende bien en una buena parte de la sociedad rusa, y que le ayudaría a perpetuarse en el poder más allá de las presidenciales de 2024.

¿Puede Estados Unidos, que atraviesa la crisis política más grave desde la Guerra de Secesión, aquejado de una polarización política sin precedentes, frenar a Putin?

Muchas de las esperanzas depositadas en el presidente Biden en enero de 2021 han caído en saco roto. La salida precipitada de Afganistán no fue precisamente un ejemplo de la recuperación del liderazgo mundial que pregonaba en la campaña electoral y en los primeros compases de su presidencia.

De momento, ni el presidente norteamericano, tampoco la OTAN, o la Unión Europea, han sido capaces de revertir ninguno de los avances que la revisionista Rusia ha conseguido en los últimos años en el este de Europa, ni tampoco han disuadido a Putin de ordenar una acumulación sin precedentes de tropas y armamento en la frontera este de Ucrania. La OTAN está reforzando su presencia en su flanco oriental. España,  que acoge una reunión de la Alianza Atlántica en junio, participará con la fragata Blas de Lezo y con dos buques más en maniobras en el Mar Negro y con el envío de siete Eurofighter para reforzar la vigilancia del espacio aéreo de Rumanía.

Estados Unidos ha brindado ayuda militar por valor de casi 3000 millones de dólares a Ucrania, especialmente en este último año, al igual que el Reino Unido. También advierte a Rusia de sanciones económicas de envergadura, incluyendo su expulsión de SWIFT y del sistema bancario internacional, y ayudará con inteligencia a Ucrania, aparte de poner a disposición de Europa el gas que Rusia deje de suministrar.

No obstante, el presidente Biden descartó en diciembre la opción del uso de soldados americanos en esta crisis, para algunos fue una piedra en su propio pie, el de la disuasión, y una invitación a la escalada rusa. Es posible que lanzara ese mensaje para tranquilizar a los votantes, a diez meses de unas elecciones que enfrenta con un acusado descenso de popularidad (solamente el 15% de votantes apoyaría un despliegue de soldados americanos para defender a Ucrania) y en la que pudiera perder el control de la Cámara de Representantes.

Por su parte, la Unión Europea, bajo la presidencia francesa de turno, no quiere bajo ningún concepto un conflicto militar y amenaza también con sanciones económicas en caso de agresión rusa a Ucrania, pero es muy consciente de su dependencia del gas ruso (casi el 40% del gas consumido en la UE), en particular, en una situación de escalada de precios de la energía, que beneficia a Rusia, una superpotencia en el sector energético. Si Rusia corta el grifo algunos analistas anticipan una crisis en Europa parecida a la crisis del petróleo de los años 1970. El rearme y la defensa europea continúan siendo uno de sus proyectos pendientes.

Escenarios posibles

Las posturas de Rusia y Estados Unidos están muy alejadas. Descartando que Washington conceda una garantía de no incorporación de Ucrania a la Alianza, el margen de negociación pudiera estar en un marco temporal dilatado para la incorporación de Ucrania. Otras demandas recientes como el repliegue de tropas de la Alianza de Rumanía y Bulgaria parecen demandas precipitadas y accidentales.

La administración Biden, cumplido un año de su presidencia y en un escenario pre-electoral, se juega mucho en esta crisis. Está en juego la credibilidad de la promesa de Joe Biden de restaurar el liderazgo americano de las democracias liberales y la defensa del orden internacional, que la Rusia de Putin sigue cuestionando y minando desde hace años. Moscú no tiene los recursos o avales suficientes para implantar un orden alternativo, aunque de madurar una alianza estratégica con la vecina China podría cambiar estos cálculos, siendo Rusia lógicamente un socio menor.

Aliados y adversarios de Washington están muy pendientes de qué haga Blinken y Biden. Si juzgan que Washington ha cedido más de la cuenta a Rusia en Ucrania, China podría sentir la tentación de invadir Taiwán, y Corea del Sur y Japón perderían confianza en las garantías de seguridad estadounidenses frente a Corea del Norte y China. En esta crisis a la administración Biden no le interesaría tanto Ucrania, un socio menor comparado con los aliados europeos, asiáticos o de Oriente Medio. Su interés nacional aquí es proyectar una imagen de determinación en la defensa de los principios que han salvaguardado el orden internacional liberal (que por otra parte, tanto ha beneficiado a Estados Unidos): la integridad territorial y la no interferencia en los asuntos internos de los Estados siendo principios clave de la sociedad internacional salida de la II Guerra Mundial.

Mucho dependerá de qué haga Putin en los próximos días, como dijo literalmente el presidente Joe Biden hace unos días en una rueda de prensa: “depende de si se trata de una incursión menor o una invasión en toda regla”. ¿Despiste, insinuación o traición del subconsciente? Sus asesores salieron en tromba para aclarar que cualquier incursión le costaría cara a Rusia. Más allá del error que fue aprovechado inmediatamente por el líder republicano del Senado, Micth McConnell, todo dependerá de que haga Putin, como hasta ahora.

Occidente baraja diferentes escenarios. Rusia podría ocupar a la luz del día los distritos de Luhansk y Donetsk, que controlan los insurgentes pro rusos, algo que lleva haciendo con disimulo desde 2014. También podría su Parlamento reconocer la independencia de esa región. Podría ir más lejos e intentar abrir un puente terrestre para conectar su Rusia con Crimea y convertir el Mar de Azov en un mar enteramente ruso. Son los escenarios más probables.

Los 127.000 soldados y los sistemas defensivos reubicados en la frontera con Ucrania dan para mucho más. Una invasión rusa podría situar la frontera con Ucrania en el río Dniéper u ocupar el sur de Ucrania hasta llegar a la disputada región de Transnitria (ocupada por insurgentes pro rusos y parte de Moldavia) y cerrar el acceso de Ucrania al Mar Negro. Cualquiera de estos escenarios, combinado con acciones de desinformación en el interior de Ucrania, algo que los rusos saben hacer muy bien, conduciría al colapso del gobierno ucraniano y la colocación de un gobierno títere.

Sin embargo, las guerras no son tan cortas ni tan fáciles como se planifican. Una invasión a gran escala encontraría resistencia en un ejército moderno, pertrechado con armas estadounidenses, aparte de 300.000 civiles que han sido entrenados para defender a su país, y en caso de tener éxito, no sería fácil mantener el control de un territorio tan extenso. Ucrania no es Georgia y la insurgencia, con ayuda militar estadounidense, podría ponerle las cosas difíciles a Vladimir Putin. Un conflicto largo, en pleno invierno, podría también desestabilizar la misma Rusia.

Rusia se ha gastado una ingente cantidad de rublos en el despliegue sin precedentes en la frontera con Ucrania, después de todo «una diplomacia sin armamentos es como una orquesta sin instrumentos» como defendía Federico el Grande de Prusia. Putin quiere conseguir garantías de Estados Unidos y solamente se retirará de la frontera accediendo a la petición de Estados Unidos, si consigue total o parcialmente sus objetivos en la mesa de negociaciones.

El desenlace en Ucrania interesa más a Rusia y al futuro de Vladimir Putin que al interés nacional de Estados Unidos o al futuro de Joe Biden en la Casa Blanca.  Ucrania no es un país miembro de la Alianza Atlántica y no arrastrará a la OTAN a una guerra, salvo accidente: en la escalada de tensión actual, la probabilidad de un accidente que derive en un choque armado se incrementa con la acumulación de fuerzas y de sistemas de armas de la OTAN, Ucrania y Rusia en el este de Europa.

La lógica racional terminará imponiéndose, Putin asume riesgos pero no es un estadista temerario, por eso ha logrado mantener todo el poder en Rusia más de veinte años. El escenario más probable en estos momentos sigue siendo una salida diplomática, que dé alguna satisfacción a Rusia, el papel lo aguanta todo, o una «incursión» menor en territorio ucraniano, del tipo de la contemplada en el primer escenario descrito más arriba, que sirva a Putin para salvar la cara, si no consigue sus objetivos.

Sorprende por último el no papel de los europeos en esta crisis. Se comprende que los europeos no quieran un conflicto militar, aunque descansar en esta sola aspiración la estrategia y la unidad de acción es una mala política, elimina cualquier efecto disuasivo que pueda tener la UE para Rusia, termina enviando malas señales a Moscú sobre qué harían los europeos en caso de conflicto abierto. La concentración de más de 127.000 soldados rusos en la frontera con Ucrania debiera preocuparle más a la Unión Europea, por razones de proximidad, están a las puertas de Europa, por la novedad que representa después de la II Guerra Mundial, y por razones históricas, no conviene que Moscú se acostumbre a conseguir territorio ajeno mediante la intimidación o la acción militar mientras los europeos se ponen de perfil. A algunos puede recordarles a las políticas de apaciguamiento que resultaron tan nefastas para Europa

Por La mirada a Oriente

Me interesa entender qué ocurre fuera de nuestras fronteras, analizar por qué ocurre y proyectar escenarios sobre qué puede pasar. Mi formación es multidisciplinar. Tengo un Grado en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales por la Universidad de Londres - London School of Economics and Political Science. También soy licenciado en Derecho y Master en Estudios Europeos por el Colegio de Europa. Desde 2008 pertenezco al Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado y trabajo para la Administración General del Estado. Anteriormente trabajé más de ocho años en la OSCE, la Asamblea de la OTAN y varias misiones de Naciones Unidas, principalmente en los Balcanes y alguna en África.

2 comentarios

  1. Es un articulo muy bien detallado. Una invasión de Ucrania, incluso aunque fuese parcial, seria una operación militar muy costosa en términos militares y dañaría mucho la reputación de Putin. Sin embargo, si es posible que se decida a consumar, e incluso reconocer en el Parlamento ruso, la anexión de los distritos de Luhansk y Donetsk. Eso es lo que podría haber querido decir Biden en si frase: «incursión» menor en territorio ucraniano, Me parece muy apropiada la frase de Federico el Grande de Prusia: «una diplomacia sin armamentos es como una orquesta sin instrumentos»
    Estoy muy de acuerdo con los comentarios. Muchas gracias.

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