La política exterior de Joe Biden

Los asesores de Joe Biden, candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos de América, han advertido que si el demócrata se impone a Donald Trump el próximo 3 de noviembre, desencadenará un sunami de cambio en la política exterior actual en los primeros cien días.

Con el candidato demócrata aventajando al republicano una media de diez puntos en las encuestas a menos de dos semanas de los comicios, la agenda exterior del candidato demócrata despierta mucho interés. Una cautelas sobre los sondeos: no es exactamente el voto popular el que decide el resultado de las elecciones presidenciales en Estados Unidos –recordemos que Clinton ganó el voto popular en 2016, con 3 millones más de votos que Trump, pero este se impuso en los Estados clave u “oscilantes”. Un candidato necesita como mínimo 270 compromisarios del Colegio electoral de Estados Unidos para convertirse en presidente. La mayor parte de sus 50 Estados siempre votan igual, republicano o demócrata; la batalla se zanja en un puñado de Estados, los llamados “oscilantes”, en los que existe más probabilidad de cambio de color político de los compromisarios elegidos: Ohio, Iowa, Wisconsin, Michigan, Arizona, Pensilvania, Florida y media docena más.

A Donald Trump ya lo conocemos, un hombre de negocios que no siempre ha tenido éxito en el mundo empresarial, se presentó como líder del movimiento “anti-establishment” por el partido republicano, precisamente uno de los dos pilares políticos del establishment político junto con el Partido demócrata, y convirtió una debilidad, su ausencia de experiencia de gobierno, en una baza.

El perfil de Joe Biden (1942) es bien distinto. Conocido fuera de Estados Unidos como el vice-presidente de Barack Obama, ha estado en el meollo de la política estadounidense desde la década de 1970 y su área de expertise es la política exterior. Obama eligió a Biden como running mate en 2007 porque, con sus orígenes –hijo de un vendedor de coches de ocasión-, le serviría para conectar con la clase trabajadora y así calaría el mensaje de recuperación económica del aspirante. Como Vicepresidente de 2008 a 2016, Biden actuó como consejero principal de Obama y aprovechó sus contactos en el Senado para tejer un acuerdo con el líder de la minoría republicana para acabar con el cierre del Gobierno en 2013. No le faltaban conocidos en la Cámara Baja, allí había pasado más de 30 años, presidiendo la Comisión de Asuntos Exteriores en dos ocasiones y defendiendo la reducción de armas estratégicas, la estabilización de los Balcanes mediante el uso de la fuerza contra las fuerzas serbobosnias, o la expansión de la OTAN al este de Europa. Votó en el Senado a favor de la autorización del uso de la fuerza contra Iraq en 2003.

Su vida personal no ha sido fácil. Trabajó para pagarse sus estudios. Se licenció en derecho en 1968 y cuatro años después, a la edad de 29 años, en una inesperada victoria, accedió al Senado por el Estado de Delaware. La desgracia le llegó justo en ese momento, antes de tomar posesión como senador, cuando su mujer y sus tres hijos sufrieron un gravísimo accidente de coche que acabó con la vida de su mujer y de una hija –uno de los dos hijos que sobrevivió moriría de cáncer a los 48 años hace unos años.

Estas pinceladas de la biografía de Joe Biden nos sugieren que el candidato demócrata se encuentra más cercano y cómodo con una política exterior sustentada en alianzas, mercados abiertos y la promoción de la libertad y de los derechos humanos en el mundo. Una política exterior defensora del orden liberal internacional surgido después de la II Guerra Mundial, gracias a Roosevelt, Truman, Churchill, y asentado sobre el multilateralismo y las Organizaciones Internacionales, las democracias liberales y la Globalización.

Está sintonía del candidato demócrata con los valores y principios del Orden Liberal Internacional no son una excepción. Los Bush, padre e hijo, Clinton y Obama, comulgaron, en mayor o menor medida con estos principios. Todos ellos aplicaron una política exterior que combinaba los postulados de las principales escuelas de pensamiento en política exterior de Estados Unidos, incluyendo la defensa de la estabilidad internacional y equilibrio de poder (Realismo), y la promoción de los derechos humanos y la gobernanza mundial y la preocupación por la reducción de la pobreza y la suerte de refugiados y personas desplazadas (idealismo). Cada presidente desarrollaba su política exterior poniendo mayor o menor énfasis en alguno de estos componentes.

La administración Trump, sin embargo, ha rechazado estos postulados tradicionales y ha emprendido un camino propio. Desde 2016, como señala Richard Haass, un influyente diplomático y presidente del Council on Foreign Relations, ha impulsado una política exterior disruptiva, orientada a liquidar instituciones que han funcionado durante años pero sin poner en su lugar alternativas que funcionen. Es una política desnortada, como dice Haass, porque el status quo, el orden liberal internacional que Trump ha querido deshacer, ha beneficiado a Estados Unidos: su  economía ha crecido más que el resto en seis décadas, con tecnológicas como APPLE con un capital en bolsa que puede superar el PIB de una potencia media como Italia; EE.UU ganó la Guerra Fría sin disparar un solo tiro y actualmente es la primera potencia militar del mundo, gracias a un presupuesto que supera al de sus competidores Chino y Ruso; es un país innovador, puntero en IA, nanotecnología, Internet de las cosas, big data, etc. Ese orden liberal internacional que tanto empeño tiene el presidente Trump en tumbar ha beneficiado sin duda al país; no obstante, su discurso en contra de los acuerdos comerciales y del desmedido gasto en la OTAN frente a los aliados europeos le da réditos políticos.  

Los resultados de la Administración Trump en política exterior no son halagüeños. Su abandono de organizaciones internacionales y tratados como los Acuerdos de París para enfrentar el cambio climático o el Acuerdo Nuclear de 2015 con Irán, y su indiferencia hacia sus aliados tradicionales en la OTAN, han debilitado al bloque euro-atlántico y al orden liberal internacional, ya de por sí muy contestado por Rusia y China. Irán ha reanudado su programa nuclear y Corea del Norte sigue agrandando su arsenal nuclear. La guerra comercial con China no ha modificado la política comercial del gigante asiático. En su haber, el establecimiento de relaciones diplomáticas entre Emiratos Árabes Unidos e Israel, un avance en la paz entre árabes e israelíes que no compensa el error histórico que representa el anuncio del traslado de la embajada norteamericana de Telaviv a Jerusalén y el desaire a los Palestinos que también reivindican Jerusalén como capital de un futuro Estado Palestino.

En un manifiesto publicado en Foreign Affairs hace unos meses “Why America Must Lead Again Rescuing U.S. Foreign Policy After Trump”, Joe Biden pergeñó cuál sería la política exterior de su Administración. El candidato demócrata pretende recolocar a los Estados Unidos en la cabecera de la mesa, liderando al mundo para abordar los desafíos globales más urgentes, que ninguna nación puede enfrentar por sí sola, desde la pandemia reciente del COVID 19, al cambio climático o la proliferación nuclear.

El candidato demócrata se ha comprometido a restaurar el liderazgo moral de Estados Unidos en el mundo. Ha prometido poner fin de inmediato a la práctica de separar familias en la frontera con México y a la prohibición de viaje que afecta a las personas de países de mayoría musulmana. También ha anunciado que convocará una cumbre mundial de naciones libres para defender la democracia frente al avance del autoritarismo. Como candidato ha firmado la Comisión Transatlántica sobre Integridad Electoral, para luchar contra las interferencias de Rusia en las democracias occidentales.

Biden ha prometido reforzar y modernizar el aparato diplomático estadounidense que el presidente Trump ha tratado con desdén y desconfianza. Y renovar el compromiso de Estados Unidos con Naciones Unidas, volviendo al Consejo de Derechos Humanos y normalizando las relaciones con la Organización Mundial de la Salud.

Las alianzas tradicionales volverán a ser un pilar decisivo de la política exterior norteamericana. Esto significa mantener las capacidades militares de la OTAN al día y fortalecer la cooperación con socios democráticos más allá de América del Norte y Europa, especialmente los aliados asiáticos–Japón, Corea del Sur, Australia-.

Joe Biden aboga por un frente común de naciones libres para enfrentar el desafío chino,  aunque no descarta cooperar con Pekín en aquellos ámbitos en los que existen intereses comunes como la salud mundial, No Proliferación o el cambio climático. EE.UU tiene que centrarse en la innovación tecnológica, en la inteligencia artificial, en la vuelta de los acuerdos comerciales para contrarrestar el auge de la influencia china gracias al crecimiento de su economía y sus gigantes tecnológicos,  una gestión de la pandemia en apariencia eficiente, todo ello redundando en el atractivo del sistema político chino.

En Oriente Medio Biden ha prometido volver a firmar el Acuerdo Nuclear con Irán si Teherán vuelve a ceñirse a las limitaciones a su programa nuclear recogidas en el Acuerdo Nuclear de 2016. También ha prometido retirarse de guerras enquistadas como Afganistán o Yemen y volver a ayudar a la Autoridad Palestina. Nada ha dicho sobre revertir el anuncio del presidente Trump sobre el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel.

Por último, ha prometido liderar al mundo para abordar la crisis climática: se ha comprometido a adherirse al Acuerdo de París el primer día de su mandato y a impulsar una iniciativa diplomática para consensuar objetivos climáticos más ambiciosos. Su objetivo será lograr una economía de energía limpia con emisiones netas cero para el 2050.

No será fácil acometer este giro en la política exterior norteamericana. Mientras el presidente Trump retiraba a los Estados Unidos de la cabecera del mundo y resucitaba los viejos demonios del supremacismo blanco, que nunca han desaparecido de la sociedad y de las instituciones norteamericanas,  el mundo ha seguido su curso.

Además, el fondo del asunto es que millones de norteamericanos votaron y volverán a votar una candidatura muy nacionalista y que coquetea con el racismo. El Partido Republicano ha cedido a los tics autoritarios de Donald Trump. Los aliados tradicionales de EE.UU saben que esa bolsa de votantes no desaparecerá de la política estadounidense aunque pierda Trump  el 3 de noviembre. Además, los europeos no se echarán en brazos de Joe Biden, especialmente teniendo en cuenta que debido a su edad probablemente será una presidencia puente, sin ambición por un segundo mandato.

Por otro lado, el candidato demócrata heredará un país muy dividido, afectado por una crisis sanitaria que ha revelado las carencias estructurales de Estados Unidos para enfrentar una pandemia – la ausencia de cobertura sanitaria universal en el país más rico del mundo y las desigualdades sociales y raciales-, e inmerso en una crisis económica muy grave.

Incluso si gana Joe Biden Estados Unidos seguirá mirando más al Pacífico que al Atlántico, allí se concentra más del 50% del PIB mundial. El enfrentamiento con la República Popular de China no desaparecerá. La clase política norteamericana ha llegado a la conclusión que necesita enfrentar el auge tecnológico y militar chino. Biden conoce bien al líder chino: se ha reunido con Xi Jimping en ocho ocasiones y ha conversado con él, cuando este era vicepresidente, al menos durante 25 horas.

Tampoco será sencillo para el líder demócrata devolver a Estados Unidos a su papel tradicional de adalid del multilateralismo y policía global ante el evidente cansancio de una buena parte de la sociedad norteamericana con las aventuras exteriores, como demuestra el tirón del populismo representado por el actual presidente Trump. 

Oportunidades para ejercer liderazgo no le faltarán: la pandemia COVID-19 y el cambio climático ofrecen espacios para situar a Estados Unidos en el eje central de la actuación coordinada de la sociedad internacional para afrontar desafíos globales y urgentes.

En definitiva, en las elecciones de Estados Unidos se enfrentan dos visiones del mundo y del papel  de Estados Unidos en él. El mundo de Trump se sustenta en su nacionalismo “América Primero” y en la desconfianza hacia las instituciones internacionales: organizaciones internacionales, alianzas y acuerdos comerciales. Su política exterior es unilateralista, disruptiva y transaccional. Por el contrario, la política exterior de Joe Biden muy probablemente se apoyaría en el multilateralismo, las alianzas tradicionales y el liderazgo de las democracias liberales. El orden liberal internacional se juega su futuro el 3 de noviembre.

Acerca de La mirada a Oriente

Me interesa entender qué ocurre fuera de nuestras fronteras, analizar por qué ocurre y proyectar escenarios sobre qué puede pasar. Mi formación es multidisciplinar. Tengo un Grado en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales por la Universidad de Londres - London School of Economics and Political Science. También soy licenciado en Derecho y Master en Estudios Europeos por el Colegio de Europa. Desde 2008 pertenezco al Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado y trabajo para la Administración General del Estado. Anteriormente trabajé más de ocho años en la OSCE, la Asamblea de la OTAN y varias misiones de Naciones Unidas, principalmente en los Balcanes y alguna en África.
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