Arabia Saudí e Irán en Oriente Medio. La hipoteca de la historia.

Las relaciones entre Arabia Saudí e Irán han conocido etapas de tensión y distensión, e incluso de conquista y hegemonía regional de las partes. La Guerra Fría, que es el término más habitual para definir su interacción actual, se comprende mejor a la luz de la historia. Destacaría la Guerra Iraq-Irán (1980-1988), en la que Arabia Saudí apoyó con todas sus fuerzas la causa iraquí, un respaldo que acrecentó la desconfianza entre iraníes y saudíes e hipotecó las relaciones posteriores entre estas dos potencias.

 

  1. El pasado glorioso.

Las aspiraciones de poder e influencia en Oriente Medio por parte de Irán y Arabia Saudí se entienden mejor a la vista del pasado imperial de árabes y persas, los pueblos que conforman el ADN de la identidad nacional de estas dos potencias regionales. Igualmente el nacionalismo que impregna la política iraní y saudí bebe de este legado imperial y de la supervivencia de estos dos proyectos nacionales y civilizatorios.

Ciro el Grande (Ciro II) y su primo el General Darío el Conquistador, Reyes de la Dinastía Aqueménida (en realidad “Rey de Reyes”, Shahanshah) dieron a Persia su periodo de máximo esplendor entre el 559 y el 480 a. C. Tras acabar con el Reino de los Medos, la otra tribu con la que los persas se disputaban el control de la meseta irania, los Reyes persas conquistaron territorios en África, Europa y Asia, extendiéndose el imperio desde Egipto hasta el río Indo incluyendo Arabia.

Estos dos monarcas fueron grandes no solamente por sus conquistas sino por la tolerancia y justicia que inspiró su trato a los pueblos conquistados y a su pueblo. Las capitales del Imperio, Parsagada, Susa y Persépolis, fueron levantadas no por esclavos sino por trabajadores  retribuidos en función de la calidad de su obra. El Rey Ciro liberó al pueblo judío de la esclavitud y el destierro al que le había sometido el rey caldeo Nabucodonosor de Babilonia, razón por la que la Biblia le reserva a Ciro el término de Mesías.  A lo largo de casi doce siglos los Aqueménidas, y después los Partos y Sasánidas de Persia disputaron la hegemonía regional a Grecia, Roma y al Imperio Bizantino.

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El pasado glorioso de la civilización y del imperio persa explicarían, junto con las  dimensiones notables de la población, geografía, economía y FF.AA del país, la creencia del pueblo y la élite iraní en su superioridad cultural y política respecto a sus vecinos, como afirmó Graham Fuller en su afamado libro “The center of the Universe”. La fiesta más importante del actual calendario iraní, “Noruz”, que se celebra el 21 de marzo y marca el comienzo del nuevo año, procede de la época Aqueménida en la que el vasto complejo palaciego de Persépolis albergó las celebraciones y ceremonias propias del equinoccio de primavera. En definitiva, la idea de Irán, en tanto que “ancestral sentido de pertenencia  a un pueblo, a una tierra, a una cultura política” (Axworthy, 2010), ha resistido más de dos mil quinientos años de historia en paralelo.

Los árabes fueron precisamente el pueblo que puso fin al Imperio Persa, si bien éste se encontraba debilitado a raíz de sus luchas con el Imperio Bizantino. El Islam y Mahoma habían facilitado la unificación política de las tribus de la “isla de los árabes” en las primeras décadas del siglo VII y en el 634 d. C. conquistaron Ctesifonte, la capital de los Sasánidas. Siete años después el ejército persa fue derrotado en Nahavand, derrota que desató el desmoronamiento del imperio.

La nueva religión y los sucesores de Mahoma (califas) impulsaron una expansión meteórica del Califato hasta convertirlo en poco más de 100 años (632-750) en el imperio más vasto que el mundo había conocido hasta entonces extendiéndose desde la provincia de Septimania en Francia hasta la India y desde el Cáucaso hasta Sudán.  El árabe se convirtió en una lengua vehicular de todo el saber establecido, incluyendo la filosofía griega, y su uso se extendió por todo el imperio. La expansión tan rápida del Califato es una razón de orgullo en la actualidad para Arabia Saudí que utiliza este “pasado útil” para reivindicarse como líder árabe y se ve como un símbolo de la fuerza de esta nueva religión y de su habilidad para organizar a la gente.

Expansión mejore

No obstante, la escisión entre suníes y chiíes data de esta etapa temprana, en particular, del califato convulso de Alí (656-661), primo y yerno del Profeta –se había casado con su hija Fátima-, justamente después del asesinato del anterior califa Uthmán. La rebelión encabezada por el Omeya Muawiya, gobernador de Siria, triunfó una vez que Ali se sometió a un arbitraje que perdió. Los partidarios de Ali, conocidos como el partido de Alí, “shiatu Alí” o chiíes, no reconocieron la nueva dinastía de califas Omeyas iniciada por Muawiya como legítima y optaron por considerar como sucesores del Profeta a los descendientes de Ali y Fátima. Lo que empezó siendo una disputa sucesoria se convirtió con el tiempo en el cisma doctrinal principal dentro del Islam.  No obstante, tendrían que pesar más de 800 años para que Irán se convirtiese en el campeón de la causa chií, como veremos más adelante.

Los persas no se conformaron con su papel de país subyugado en el nuevo imperio. Al contrario, el legado de más de once siglos de historia de organización política trascendió la debacle persa y ejerció una influencia significativa en el Califato a partir del 750 d.C., fecha en que los Abasíes sustituyeron a los Omeyas como dinastía reinante, inaugurando la llamada Edad de Oro del Islam. Los Abasíes optaron por trasladar el centro de poder al este, de Damasco a Bagdad, y por un modelo de gobierno más centralizado. Los califas Abasíes ejercían el poder imperial, a imagen de los que había sido el antiguo Rey Sasánida: el Califa (sucesor, vicario) no era solo el príncipe de los creyentes sino que a partir de ahora legitimaba el poder en su origen divino a través del vínculo familiar del califa con el profeta Mahoma.

Bagdad se convirtió rápidamente en una metrópolis que atraía a sabios, artistas, escritores y comerciantes de todo el mundo conocido de aquel entonces. El Califato abasí se caracterizó por su gran tolerancia y gran eficiencia administrativa. Es una de las épocas a las que los musulmanes de hoy en día se refieren cuando describen, por ejemplo, su religión como una religión tolerante. Es la edad de oro de la Civilización Islámica.

El Califato permaneció unido hasta el siglo X cuando aparecen califatos rivales en Egipto y España ([i]), si bien mantuvo la unidad social y cultural hasta siglos después. Todo esto acabó en 1258 cuando los mongoles, que habían abandonado su país en Asia Central y habían azotado el mundo a su paso, destruyeron Bagdad.

 

  1. El reto de la modernidad: “un Estado sin medios para impulsar cambios carece de medios para su conservación” Edmund Burke.

Los historiadores coinciden en que la invasión napoleónica de Egipto en 1798 significó un antes y un después para la región. Simbolizó un cambio en la distribución relativa de poder entre el mundo islámico y el occidental. Con la colonización europea los árabes se convirtieron en objetos de la historia en palabras del filósofo sirio Sadiq Jalal Al-Azm (2016). La incapacidad para adaptarse a los cambios impuestos desde el exterior, a la racionalidad, al pensamiento crítico y al progreso de corte occidental, condujo a la deriva árabe, hacia la “puerta de salida de la historia” en palabras del escritor palestino Faisal Darraj.

El profesor Ebrahim Afsah de la Universidad de Copenhague contrasta cómo enfrentan la modernidad Irán y Arabia Saudí en la etapa moderna y contemporánea. Bajo la dinastía Safávida (1501-1736) Persia se constituye en un Estado moderno, centralizado y unitario que deja atrás la fragmentación y la dominación extranjera de siglos anteriores. El joven Sah Ismail  (1487-1524) promulgó la conversión oficial del país al chiismo para apuntalar la identidad distinta de persas frente a turcos y árabes aunque hay historiadores que defienden que fue una decisión fruto de sus convicciones religiosas. El Sah Ismail y sus sucesores recuperaron la tradición monárquica de la Antigua Persia, construyeron un estado similar en proyección internacional al Imperio Otomano o al Egipto de los Mamelucos, y colocaron Irán de nuevo en la historia mundial. El país entró en crisis después de 1722 cuando los afganos tomaron su capital, Isfahan, y en el siglo XIX perdió territorio, a raíz de las derrotas militares ante los rusos, bajo la batuta de la dinastía Qajar.

Estado safávida y chiismo

Con la revolución constitucional de 1905 Persia emprendió un proceso de emulación de las instituciones occidentales, una senda recorrida anteriormente por Japón, coronada en este caso por el éxito, y Turquía desde finales del s. XIX. La dinastía “Pahlevi”, que controló el país desde 1923 a 1979, también impulsó una visión secular de la sociedad y la relajación de las costumbres. Por su parte, la Revolución Islámica de 1979 es antioccidental pero al mismo tiempo reivindica ser un camino nuevo, autóctono, hacia la modernidad.

Por su parte, Arabia Saudí contempla la modernidad a través del tradicionalismo o conservadurismo. Su misma existencia como Estado a partir de 1932, una vez que el Rey Abdulaziz de la Casa de Saud, unificó el país después de varias décadas de guerra de guerrillas, trae causa de una alianza de 1744 entre Mohamed ibn Saud, el fundador de la dinastía reinante, y Mohamed ibn Abd Wahab, uno de los predicadores más carismáticos que divulgaba una versión muy puritana y a la vez renovadora del Islam y fundador de una familia religiosa que todavía ejerce bastante influencia en Arabia Saudí.

La respuesta saudí a la modernidad es que no hay necesidad de cambio porque la sociedad islámica es superior a las sociedades occidentales que sufren una decadencia moral. Se basan en el Islam hanbalí: el fundador de esta “actitud” es Ahmad Ibn Hanbal (780-855), que frente a los mutazilíes que defienden la razón aplicada al Corán, sostiene que la única postura admisible para llegar a la verdad es la que se basa en el Corán y la Sunna del Profeta (Albert Hourani, La Historia de los Árabes). Por otro lado, hay una noción particular de ley islámica como una entidad que lo abarca todo y es suficiente para regular todos los aspectos de la vida. Sin embargo, el apego a las tradiciones y la resistencia de los ulemas a las innovaciones técnicas  ha convivido con una sociedad ávida de importaciones de bienes de consumo occidentales, incluyendo armamento occidental.

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  1. La Guerra Fría Árabe en Oriente Medio

En 1929 Persia y Arabia Saudí establecieron relaciones diplomáticas a raíz de la firma de un Tratado de Amistad. Durante los primeros años las relaciones fueron frías y se limitaban a acordar las cuotas de peregrinos iraníes a la Meca, el Hajj, disponiendo Riad de una potente arma en su relación con Teherán a través de la prohibición de la entrada de peregrinos iraníes.

Los dos países comenzaron a acercarse después de 1941 cuando el Sah Reza Khan fue forzado a abdicar por sus simpatías con las potencias del Eje después de la invasión de Irán por parte de Rusia e Inglaterra, y el nuevo Sah, su hijo, Mohamed Reza Pahlevi, inició su aproximación a los Aliados, bando en el que se había posicionado claramente Arabia Saudí desde hacía años. En 1945, poco tiempo antes de morir, el presidente Franklin D. Rooselvelt se desplazó hasta el Canal de Suez para sellar una alianza con el Rey Abdulaziz en la que EE.UU garantizaba la seguridad de A. Saudí a cambio de un flujo regular de petróleo a Occidente a precios razonables.

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Las décadas que siguieron a la II Guerra Mundial, en plena Guerra Fría, fueron un periodo convulso en Oriente Medio dominado por un enfrentamiento ideológico en torno a las implicaciones políticas de la existencia de una nación árabe, forjada alrededor de una misma lengua, historia y cultura. Malcom Kerr, director de la Universidad Americana de Beirut y asesinado por islamistas radicales en 1984, bautizó esta colisión con el nombre de “Guerra Fría Árabe”. Sin negar la incidencia del conflicto global entre EE.UU y la URRS en este enfrentamiento regional, Kerr sostenía que los vectores locales del enfrentamiento eran igual de relevantes. Por un lado, las monarquías conservadoras de Arabia Saudí, Jordania e Iraq (antes de 1958) defendían que el marco adecuado de cooperación y solidaridad era la Liga Árabe, creada en 1945. Por otro, las repúblicas socialistas egipcia, siria e iraquí, después de 1958, suscribían el credo nacionalista árabe del presidente egipcio Gamal Abdel Nasser. La postura de estos últimos era que el mundo árabe dividido en “Estados territoriales” por las potencias occidentales debía unirse en un Estado-nación árabe que incluyese Palestina.

El presidente Nasser empleó su capacidad política y de movilización sin parangón para ejercer una influencia inusitada en los asuntos internos de otros Estados árabes, principalmente revueltas y cambios de régimen. Por el contrario, cuando recurrió a la fuerza contra Israel (1967) y en Yemen del Norte (1962-1970), guerra civil en la que se enfrentó a Arabia Saudí, las intervenciones egipcias terminaron en un sonoro desastre.

El auge de los movimientos radicales y la influencia creciente del líder egipcio en el mundo árabe, especialmente después del derrocamiento del Rey Faisal de Iraq en 1958, se percibieron en la monarquía iraní como una amenaza in crescendo a las aspiraciones regionales de Irán y a la estabilidad interna del régimen.

Estados Unidos también contribuyó al acercamiento entre los dos países. Ambos se posicionaron a favor de la Doctrina Eisenhower de 1957 que comprometió a Washington en la defensa de los países de Oriente Medio frente a la penetración soviética. La doctrina Nixon, encaminada a rellenar el vacío de poder que dejaba la retirada británica del Golfo Pérsico y su abandono de su papel protector de las monarquías del Golfo, reforzó el papel de “gendarmes” de Oriente Medio que se concedía a las principales potencias de la región, Irán, en tanto que poder militar, y Arabia Saudí como potencia económica y financiera.

En definitiva, Nasser y EE.UU actuaron como factores de moderación de la rivalidad entre árabes y persas, y propiciaron una relación constructiva entre las dinastía Pahlevi y la Casa de Saud, a pesar de sus discrepancias en relación con el reconocimiento de Israel por parte de Irán. Las relaciones fueron buenas entre el Rey Faisal (1964-1975) y el Sah Mohamed Reza Pahlevi, consultándose de forma regular en relación con los asuntos regionales. En 1969 un hecho atestigua la buena salud de las relaciones: es el año de la inauguración de la Conferencia de Países Islámicos, proyecto impulsado por Riad con el apoyo de Teherán que pretendía reforzar su identidad islámica compartida con el resto de países de Oriente Medio a expensas del hecho diferencial persa frente al pueblo árabe.

Con la retirada definitiva de los británicos en diciembre de 1971, Irán reclamó Bahréin e intentó cubrir el vacío de poder que dejaba el Reino Unido en la región, afectando las buenas relaciones con su vecino saudí. Irán envió una fuerza expedicionaria a Omán para ayudar al Sultán Qaboos a aplastar la rebelión de Dhofar respaldada por el régimen comunista yemení.

Muchos analistas han visto similitudes entre la situación actual y la vieja Guerra Fría Árabe, por ejemplo, el Profesor F. Gregory Gause III en un clarividente ensayo en 2014 para el Brookings Doha Center. Al igual que antaño estos autores explican el aumento de la inseguridad e inestabilidad regional como el resultado de unos conflictos internos  dentro de los Estados árabes, con causas locales, que resultan exacerbados por una rivalidad entre potencias regionales que interfieren en los asuntos internos de sus vecinos.  No obstante, Irán ha sustituido a Egipto como coprotagonista de esta historia junto con Arabia Saudí.

 

  1. El Islam político.

Hace unos meses el heredero al trono saudí, Mohamed Bin Salman (32 años), conocido por las siglas M.B.S, confesaba ante una audiencia occidental su intención de restablecer un Islam moderado en Arabia Saudí. Lamentaba la senda de un Islam fundamentalista que los saudíes habían recorrido y alentado desde 1979: no es un año más en la relación entre ambos países y en la historia de Oriente Medio.

En 1979 el islamismo demostró su capacidad movilizadora y política con la Revolución Islámica que tumbó el reinado de la dinastía “Pahlevi” en Irán, respaldada por EE.UU y Reino Unido. La Constitución iraní de 1979 encomienda al nuevo régimen la defensa de los derechos de todos los musulmanes y el apoyo de la “justa lucha de los desheredados en cualquier punto del planeta”. Afirmaba pues unas ambiciones que trascendían sus fronteras, en consonancia con su legado imperial. La idea de la defensa de los sometidos del mundo (mustazefin) se encuentra en la historia del chiismo así como la injusticia que padecen los chiíes, simbolizada por el asesinato de Husein (hijo de Ali) en la batalla de Kerbala, y todo esto se manifiesta en los cálculos políticos.

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En el exterior la creación de una República Islámica, que se proclamó defensora de los musulmanes dentro y fuera de Irán, creó un desafío ideológico mayúsculo para la fuente principal de la legitimidad de la Casa de Saud en Arabia Saudí: la protección de los creyentes y del Islam –conviene recordar que el título de Guardián de los dos Santos Lugares en La Meca y Media, que ostentan los monarcas saudíes, eclipsa en ocasiones el título de reyes.  En definitiva, la Revolución Islámica puso fin a las buenas relaciones entre estas dos monarquías, una alianza de conveniencias forjada en las décadas anteriores para combatir los movimientos radicales, nacionalistas y socialistas en Oriente Medio.

A finales de 1979 un grupo puritano saudí ocupó por las armas y tomó rehenes en la Gran Mezquita de La Meca para denunciar la occidentalización, la corrupción y la decadencia moral de la casa de Saud. No pasemos por alto que estos argumentos son idénticos a los esgrimidos por los revolucionarios iraníes.

La respuesta de la Casa de Saud a estos acontecimientos externos e internos fue permitir que los ulemas impusiesen una versión más rigorista y puritana del Islam, en consonancia con las enseñanzas del Wahabismo. En el exterior los saudíes compitieron con los iraníes en el número de yihadistas que exportaban. La invasión soviética de Afganistán se convirtió en una ocasión de oro para afianzar las credenciales islamistas de la monarquía saudí que se volcó en la ayuda a la resistencia afgana de la cual surgió un potente movimiento yihadista y Al-qaeda[ii] .

1979, en definitiva, significó el ascenso del islam político como alternativa al nacionalismo laico persa y al nacionalismo árabe, incapaz este último de recuperarse de la derrota estrepitosa a manos de Israel en la Guerra de los Seis Días en 1967.

 

  1. Contención de Irán

 Después de 1979 Arabia Saudí se empleó a fondo en contener al Irán revolucionario. Temía un efecto dominó similar al derrocamiento de las monarquías laicas en Egipto, Libia, Yemen e Iraq que había sacudido la región en el pasado reciente. La CIA proporcionó información secreta a sus aliados árabes, Arabia Saudí y Jordania,  sobre el estado lamentable de preparación de las FF.AA de Irán en el periodo revolucionario con la intención de que la información llegase al presidente iraquí Saddam Husein. Iraq invadió a su vecino Irán en 1980, justamente unos días antes de la liberación de los rehenes norteamericanos retenidos por Irán en la Embajada de EE.UU en Teherán. Saddam Husein, un enemigo común del Irán prerrevolucionario y de la Monarquía saudí se presentaba a los ojos de saudíes como el mal menor en comparación con los Ayatolás.  Arabia Saudí prestó un apoyo indisimulado a Iraq durante toda la guerra (1980-1988), incluyendo una ayuda económica considerable.

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En el plano multilateral, Arabia Saudí patrocinó la creación del Consejo de Cooperación del Golfo en 1981, integrado por las monarquías árabes sunitas del Golfo Pérsico –Arabia Saudí, Kuwait, Bahréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Omán-, para contener al Irán revolucionario. Desde su fundación, el CCG ha servido como un potente instrumento de cooperación para salvaguardar la estabilidad y seguridad interna de los regímenes monárquicos conservadores del Golfo.

En el plano militar, las lanchas rápidas iraníes atacaron a petroleros saudíes en el Golfo Pérsico durante la “Guerra de los Petroleros” y en 1984 un F-4 iraní fue derribado en espacio aéreo saudí.

En el nivel económico, Arabia Saudí utilizó su capacidad inigualable de influencia en los mercados de crudo (debido a sus vastas reservas de petróleo y su producción mayor) para dañar a Irán, especialmente en 1985/1986 cuando los saudíes inundaron los mercados de petróleo barato siguiendo una ofensiva iraní contra un puerto iraquí en el Golfo Pérsico.

En el plano religioso, Arabia Saudí utilizó el control del Hajj y la cuota iraní para presionar a Irán; a su vez, el nuevo régimen iraní aprovechaba la peregrinación anual de iraníes a territorio saudí para extender la revolución fuera de sus fronteras.  En 1987 el enfrentamiento entre los peregrinos iraníes y las fuerzas de seguridad saudíes se saldó con más de 400 muertos.

Irán y Arabia Saudí rompieron relaciones diplomáticas en 1988.

La guerra Iraq-Irán y el resto de sucesos de la década de 1980 dejaron un fondo de desconfianza entre Irán y Arabia Saudí e hipotecaron las relaciones entre estas dos potencias regioanales. El conflicto tuvo un sesgo sectario e identitario en razón de las partes en conflicto, que algunos analistas ponen en valor para comparar esa década con la situación actual. Por un lado, Irán campeón del chiismo e identidad persa, y por otro, Iraq bajo el liderazgo de los sunitas, con el apoyo de las monarquías árabes sunitas del Golfo, que temían la amenaza chií, luego renombrada como “Creciente Chií” en el siglo XXI, término acuñado por el Rey Abdulá II de Jordania.

 

  1. Distensión

A finales de los años 1980 Irán se encontraba más aislado que nunca. El petróleo, su principal fuente de ingresos, se encontraba por los suelos (su precio había caído a la mitad desde los 30$ el barril). EE.UU había reforzado el despliegue de su Armada en el Golfo para bloquear los ataques iraníes a petroleros iraquíes, kuwaitíes y de otras banderas. Siria, su único aliado en el mundo árabe, daba muestras de flaqueza. Las ofensivas iraquíes de 1988 hacían mucho daño después de ocho años de guerra. Todos los puentes estaban rotos con Arabia Saudí después de 1988.

Dos hechos iban a cambiar este nefasto panorama para los intereses iraníes. La preocupación por la supervivencia del régimen islámico fundado convenció al Imán Ruhollah Jomeini a beber “el cáliz del veneno” y aceptar, con amargura, la Resolución 598 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, que puso fin a la guerra con Irak en 1988.  Seguidamente la muerte de Ruhollah Jomeini un año después allanó el camino hacia la reanudación de contactos entre las dos potencias regionales –recordemos que el Imán Jomeini llamaba a los saudíes herejes y traidores e incluso en su testamento escribió que los musulmanes deberían maldecir y combatir los tiranos, en particular, la Casa de Saud.

El Ayatolá Ali Jamenei fue elegido Líder Supremo de la Revolución en 1989, sucesor de Jomeini, a pesar de carecer del rango religioso para ello. Al mismo tiempo un cambio constitucional reforzó la autoridad del presidente a expensas del primer ministro que fue abolido. Con unos poderes reforzados, el presidente Hashemi Rafsanjani (1989-1997), más conciliador que Jomeini, situó la mejora de las relaciones con Arabia Saudí en el primer lugar de su agenda diplomática puesto que Riad era instrumental para la reconstrucción de la economía iraní debido a su peso en la fijación del precio del petróleo.

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Por otro lado, Irán se mantuvo neutral durante la invasión iraquí de Kuwait y la primera guerra del Golfo aunque se inclinó a favor de la coalición occidental y árabe en contra de Saddam Husein.

Estos antecedentes fueron las piedras angulares para el comienzo de un nuevo periodo de distensión entre ambos países. Los saudíes resumieron contactos diplomáticos y comenzaron a hablar con los iraníes en el seno de la OPEC aunque la reanudación de las relaciones se interrumpió bruscamente cuando los iraníes ocuparon las Islas de Abu Masa y las islas de Tumb.

El presidente Rafsanjani saldó sus dos mandatos presidenciales con una mejora de las relaciones con Arabia Saudí que se evidenció a partir de 1997 con la firma, durante el mandato de su sucesor, Mohamed Jatami (1997-2005), de varios acuerdos bilaterales de cooperación en materia de energía y economía en 1998, y crimen organizado, terrorismo y tráfico de drogas en 2001. La cooperación también se estrechó en la OPEC, a raíz de la crisis asiática, en la que los saudíes demostraron más flexibilidad en torno a las cuotas de producción, y en la Conferencia de Países Islámicos que se celebró en Teherán en 1997.

 

            Próximamente.

En el siguiente post contaremos cómo las intervenciones norteamericanas en Afganistán en 2002 e Iraq en 2003 afectaron el equilibrio de poder en Iraq, en el Golfo Pérsico y en Oriente Medio, arrojando como resultado inintencionado el fin de esta breve etapa de distensión entre Arabia Saudí e Irán. La caída de Sadam Husein y de los Talibanes creó nuevos espacios para la influencia iraní́. En Iraq la comunidad suní fue sustituida por la comunidad chií como grupo dominante y, con el colapso del ejército iraquí, desapareció́ el contrapeso más sólido de Irán en la región. Al mismo tiempo, el incremento meteórico del precio del petróleo desde $26 en octubre de 2001 a $132 en julio de 2008 permitía financiar algunas de sus aventuras externas de Irán que tensaron de nuevo las relaciones con Arabia Saudí.

El desprestigio de los Estados Unidos en la región favoreció́ a Teherán que aumentó su poder blando en el mundo árabe, especialmente a raíz de la resistencia numantina de Hezbollah, aliado de Irán, frente al moderno ejército israelí en la Guerra de 2006, toda una victoria moral y mediática para Irán.

Arabia Saudí percibió que estos cambios anticipaban una reordenación del equilibrio regional a favor de Teherán, una ansiedad que fue in crescendo con la resaca de la Primavera Árabe en Siria y Yemen y la consecución del Pacto Nuclear de 2015 entre Irán y EE.UU, UE, R.U, Francia, China y Rusia. El temor de Riad es que EE.UU y Occidente, garantes de la seguridad saudí desde 1945, estaría cambiando de socio regional.

La llegada al trono saudí del Rey Salman en enero de 2015 representó un giro revolucionario en la política exterior y de seguridad del Reino del Desierto. A diferencia de su predecesor, el Rey Abdullah (2005-2015), y de todos los monarcas de la casa de Saud, el Rey Salman ha iniciado una política exterior y de seguridad más asertiva y autónoma de Washington, que por el momento se ha saldado con un fracaso de su intervención militar en Yemen y su apoyo a las organizaciones armadas que combatían al régimen sirio de Bachar al-Asad.

Con la ruptura diplomática de enero de 2016 la relación entre Riad y Teherán ha retrocedido a sus horas más bajas en la década de 1980.

@lamiradaaoriente

Agradezco mucho los enriquecedores y acertados comentarios recibidos a este texto de parte del Blog Desvelando Oriente  . Recomiendo encarecidamente su visita, especialmente a los apasionados por la historia de Oriente Medio.

 

[i] Abderramán el Inmigrado, perteneciente a la familia Omeya y superviviente de la matanza perpetrada por los Abasíes, logró hacerse proclamar emir independiente en al-Ándalus en el 756. Posteriormente Abderramán III se sintió con las fuerzas suficientes para convertirse en Califa en el 922

[ii] También gracias a la ayuda logística y militar de EE.UU y Pakistán, que había abrazado la causa islamista sunita bajo el liderazgo del General General Zia-ul-Haq (1977-1988) para cohesionar el país y eliminar la oposición de otras identidades rivales que nunca quisieron pertenecer a Pakistán, el nacionalismo pastún en las zonas tribales de la frontera con Afganistán y el separatismo de Beluchistán.

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Acerca de La mirada a Oriente

Me interesa entender qué ocurre fuera de nuestras fronteras, analizar por qué ocurre y proyectar escenarios sobre qué puede pasar. Mis áreas de interés son Irán, Oriente Medio y Norte de África, y la política exterior de Estados Unidos en esas zonas. Mi formación es multidisciplinar. Tengo un Grado en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales por la Universidad de Londres - London School of Economics and Political Science. También soy licenciado en Derecho y Master en Estudios Europeos por el Colegio de Europa. Desde 2008 pertenezco al Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado y trabajo para la Administración General del Estado. Anteriormente trabajé más de ocho años en la OSCE, la Asamblea de la OTAN y varias misiones de Naciones Unidas, principalmente en los Balcanes y alguna en África.
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