Somalia, Año Tres: entre el “Estado frágil” y el Estado Islámico

David González

Entre 2011 y 2012, Somalia vivió los doce meses más difíciles de su historia desde que el ejército etíope la invadiese seis años antes para poner fin al régimen de los Tribunales Islámicos. Cerca de 260.000 fallecidos murieron a causa de la peor hambruna registrada en el Cuerno de África en dos décadas. Y la guerra que asolaba el país desde 1991 se recrudeció a raíz de la Operación ‘Linda Nchi’ de Kenia y Etiopía contra al-Shabaab.

La operación contó con el respaldo de la ONU y se combinó con una ofensiva de las tropas del por entonces Gobierno Federal de Transición y de la AMISOM, la misión de la Unión Africana para Somalia. El ejército keniano se enzarzó en una guerra de desgaste con los yihadistas y no pudo expulsarles de su bastión de la ciudad portuaria de Kismayo hasta octubre de 2012. Tan sólo unos días antes, la comunidad internacional había dado oficialmente por cerrada la transición iniciada en 2004.

2012 fue presentado como el Año Cero de la nueva Somalia, a la que se dotó de una constitución y unas instituciones renovadas. Las elecciones presidenciales del 10 de septiembre, que dieron la victoria al profesor universitario Hassan Sheikh Mohamud, fueron consideradas un hito democrático que encajaba a la perfección con las esperanzas suscitadas en el Gran Oriente Medio por la Primavera Árabe.

Tres años después, las graves deficiencias de una transición que ni ha terminado ni parece que vaya a hacerlo a medio plazo siguen conjugándose de modo alarmante con la amenaza del yihadismo en el Este de África. En menos de siete días, Somalia ha visto cómo una parte muy reducida pero significativa de al-Shabaab ha jurado fidelidad al Estado Islámico (DAESH) y cómo más de 15 funcionarios, políticos, empresarios y periodistas perdían la vida en el doble atentado terrorista cometido contra un hotel en el corazón de Mogadiscio.

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La tierra de los desamparados

En 2014, Somalia dejó de ser el arquetipo de ‘Estado fallido’ por excelencia, al pasar a ocupar Sudán del Sur el último puesto del Índice de Estados Frágiles del think tank estadounidense The Fund for Peace. Es más que probable que la ligera mejora de la posición de Somalia se deba sólo a un mero efecto estadístico. En Somalia coexisten dos “Estados frágiles”: Somalilandia, un protoestado sin reconocimiento alguno de la comunidad internacional, y las demás partes del territorio, supuestamente bajo la autoridad del nuevo Ejecutivo Federal.

Por lo que respecta a Somalilandia,  la vida política continúa dominada por el clan isaaq, predominante en la zona, y por el Somali National Movement, el partido que proclamó la independencia de la región tras el derrocamiento de Siad Barre. Las expectativas de que se produzcan avances hacia la democracia han quedado congeladas después de que el presidente, Ahmed Mohamed Mohamud Silanyo, cancelase sine die la celebración de las elecciones previstas para 2016.

Con todo, las perspectivas son mucho mejores que para el resto de Somalia. La ayuda internacional procedente de Occidente, que ha perdido peso frente a actores como Turquía, China e Irán, ha contribuido a paliar los graves problemas humanitarios que se vivían en Mogadiscio, donde el Gobierno prevé celebrar asimismo elecciones presidenciales en 2016. Sin embargo, los continuos atentados de al-Shabaab hacen que la ciudad esté sumida aún en un estado cercano a la guerra, mientras que el Ejecutivo tiene serias dificultades para hacer efectiva su autoridad a causa de su incapacidad para controlar a facciones como la milicia sufí Ahlu Sunnah Waljamaa, uno de sus principales aliados frente a los yihadistas.

La corrupción es otro preocupante factor de desestabilización, hasta el punto de que amenaza con hacer inviable la reconstrucción de las fuerzas armadas somalíes. En 2013 se levantó parcialmente el embargo de armas vigente desde 1992: tan sólo un año después, de acuerdo con el Grupo de Supervisión de Naciones Unidas para Somalia y Eritrea, se había vendido en el mercado negro un porcentaje considerable de las 13.000 armas que se habían importado para equipar al ejército y la policía. Al contrabando de armas se une el tráfico ilegal de inmigrantes a través del Golfo de Adén y el contrabando de qat y carbón vegetal.

Asimismo, los esfuerzos de Ahmed Sheikh Mohamud por configurar gabinetes de marcado perfil tecnocrático e implantar reformas educativas, judiciales y en el ámbito de los medios de comunicación han chocado frontalmente con un juego político que sigue viciado por la debilidad del sistema de partidos y los intereses de los clanes y de los antiguos señores de la guerra, así como por un complejo y cambiante juego de alianzas que ha hecho que en tres años se hayan producido cuatro crisis de gobierno.

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Refugiados, señores de la guerra y piratas

El territorio que se autodefine como leal a Mogadiscio puede dividirse en tres bloques: Azania-Jubalandia, en el sur; el centro, formado por dos regiones autónomas, Galmudug y Himan y Heeb; y Puntlandia, en el extremo nororiental.

Jubalandia es la zona más castigada por la guerra y las hambrunas: entre el río Juba y la provincia keniana del Nordeste se concentran 857.000 refugiados. Más de 250.000 viven hacinados en el campo de Dadaab y en el área circundante, donde según diversas ONG sufren discriminación y malos tratos por parte de la policía keniana. Estas circunstancias les convertirían en caldo de cultivo de futuros yihadistas de no ser por el rechazo que la mayoría de ellos dice sentir hacia al-Shabaab tras vivir varios años bajo un régimen fundamentalista islámico en el que las ejecuciones eran algo habitual. Eso sí, al-Shabaab domina aún un tercio de Jubalandia, en la que las tropas kenianas permanecerán estacionadas hasta 2017.

El hecho de que Nairobi haya apoyado al que hasta hace sólo un mes fue presidente de Azania-Jubalandia, Ahmed ‘Madobe’ – un antiguo señor de la guerra islamista cuya milicia, las Brigadas de Ras Kamboni, combatió junto a al-Shabaab antes de cambiar de bando en 2010- ha dado pie a todo tipo de especulaciones sobre el futuro de la región como un eventual Estado-tapón entre Kenia y Somalia. Ahora bien, esta hipótesis parece más difícil de ser llevada a la práctica después de que ‘Madobe’ haya sido sustituido por una administración interina alineada con el Ejecutivo federal.

Al-Shabaab domina a su vez la mitad de Galmudug y el puerto de Harardheere, que fue en su día la base de uno de las principales bandas piratas del centro de Somalia: los Marines Somalíes, responsables del secuestro del Alakrana a finales de 2009. Según el Grupo de Supervisión de Naciones Unidas, su líder, Mohamed Abdi Hassan ‘Afweyne’, amasó una fortuna con los rescates y el contrabando de armas y de qat antes de anunciar su retirada del crimen organizado.

El siguiente paso de ‘Afweyne’ fue similar al que muchos señores de la guerra habían dado antes que él: tratar de entrar en política, en este caso involucrándose activamente en la vida pública y empresarial de Himan y Heeb. Asimismo, ‘Afweyne’ estrechó lazos con el Gobierno Federal creando su propia agencia antipiratería y proponiéndole a Hassan Sheikh Mohamud que decretase una amnistía general para los piratas. Pero su pasaporte diplomático no le impidió ser detenido y procesado en Bélgica en 2013.

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Los muyaidines del Golis

La presencia de piratas en las costas de Puntlandia es a día de hoy poco más que un recuerdo anecdótico, gracias a la ‘Operación Atalanta’ y al desarrollo de la fuerza de guardacostas puntlandesa con la asistencia de la UE. Las dos mayores amenazas a la estabilidad de Puntlandia se derivan de su conflicto con Somalilandia por las áreas fronterizas de Sanaag y Sool, y, una vez más, de la presencia de bandas de yihadistas supuestamente afines a al-Shabaab en su territorio. Las más activas –algunos informes hablan de “cientos de muyaidines”- son las que operan desde hace tres años en el Golis, una cadena montañosa de la provincia de Bari, la más oriental de Somalia.

Los muyaidines del Golis estuvieron dirigidos hasta 2014 por el sheikh Mohamed ‘Atom’, un antiguo contrabandista de armas que decidió poner fin a su alianza con al-Shabaab y entregarse a las autoridades puntlandesas a causa de sus presuntas divergencias con el líder de la organización, Ahmed ‘Godane’. ‘Atom’ acusaba a ‘Godane’ de seguir directrices “extranjeras” después de anunciar la unión de al-Shabaab a al-Qaeda en 2011, y de rodearse de una especie de “servicio secreto” o “guardia pretoriana”, el Amniyaad, para purgar a los disidentes y ejercer el terror de forma cruel sobre la población somalí.

‘Godane’ falleció en un bombardeo estadounidense el 1 de septiembre de 2014, y fue sucedido como “emir” de al-Shabaab por Ahmed Umar. Inmediatamente, los rumores sobre la existencia de un profundo vacío de poder y de una dura pugna interna entre los partidarios de mantener los vínculos de al-Qaeda y los defensores de la adhesión al DAESH en el seno de al-Shabaab se dispararon. Aún así, ha habido que esperar a octubre de 2015 para que una pequeña partida de 20 yihadistas del Golis, encabezados por su comandante, Abdiqadir Munim, jurasen lealtad al califato de Abu Bakr al-Baghdadi en un vídeo difundido en YouTube.

“Llegarán días negros”

¿Cuál es el contexto en el que se ha producido esta noticia? En primer lugar, hay que tener en cuenta la actual coyuntura de al-Shabaab. Se piensa que los yihadistas han sido los principales beneficiarios del levantamiento parcial del embargo, que les habría permitido adquirir fusiles ligeros y municiones. Aunque la muerte de ‘Godane’, las deserciones y el progresivo aislamiento han mermado notoriamente su capacidad de actuación, al-Shabaab ha incrementado sus acciones terroristas dentro y fuera de Somalia por medio del Amniyaad, que habría comenzado a captar adeptos entre musulmanes de idioma suajili de Kenia y Tanzania.

El 21 de septiembre de 2013, tan sólo unas horas después del asalto al centro comercial de Westgate, en Nairobi, la organización afirmó en Twitter que iban a llegar “días negros”. Hasta ahora, ha cometido 800 atentados en Somalia y 80 en Kenia. El 48% de los ataques han estado dirigidos contra militares, mientras que el 39% ha tenido como objetivo a la administración y las instituciones gubernamentales somalíes.

El 34% de los ataques lo han protagonizado células de terroristas como los que irrumpieron en el centro comercial de Westgate y en el campus de la universidad keniana de Garissa. Para Mark Bryce, del Center for Strategic and International Studies de Washington, los “días negros” pueden explicarse como parte de una reorganización de la estructura y de la estrategia del grupo que empezó ya bajo la dirección de ‘Godane’, después de la caída de Kismayo, y en la que el DAESH puede tener un papel determinante.

¿Hacia el emirato de Habasha?

En segundo lugar, es necesario analizar las repercusiones reales que puede tener la decisión de una parte de al-Shabaab, por pequeña que sea, de unirse al Califato, en un momento en el que Somalia continúa haciendo frente a una situación extremadamente delicada.

No se puede olvidar que en tiempos de ‘Godane’ al-Shabaab reclutó a unos 2.000 combatientes extranjeros, procedentes en su mayoría de otros países árabes y de la diáspora somalí en Europa y Norteamérica, a los que habrían empezado a unirse los originarios del Este de África. Pero tampoco parecen menos ciertas las informaciones que apuntan a que, una vez desaparecido el anterior “emir”, su sucesor se ha decidido a limitar ampliamente la influencia que los elementos “foráneos” podrían haber llegado a ostentar dentro del grupo. El objetivo de esta iniciativa podría ser, quizás, evitar que el DAESH trate de captar seguidores a través de los muyaidines llegados del exterior. Para ello, Ahmed Umar contaría con el respaldo de al menos una parte del Amniyaad, que se presenta cada vez más como un poder fáctico dentro de al-Shabaab.

No obstante, todo parece señalar de nuevo a las hipótesis acerca del vacío de poder y de una lucha soterrada entre al-Qaeda y el DAESH que recuerda a los enfrentamientos entre el Estado Islámico y el Frente al-Nusra en Siria y entre los partidarios del califato de Raqqa y los talibanes en Afganistán. Paradójicamente, esta supuesta lucha por hacerse con al-Shabaab, que se retrotrae a los últimos meses del liderazgo de Godane, coincide con el aumento de la campaña de ataques y con el atentado a gran escala de Garissa.

En este sentido, el doble atentado del fin de semana de Mogadiscio podría ser interpretado como una sangrienta maniobra orquestada desde el Amniyaad para reafirmar su autoridad frente a la defección de los yihadistas del Golis. La cúpula de al-Shabaab aún no ha hecho pública ninguna respuesta al juramento de Abdiqadir Munim y sus milicianos, pero tiene buenas razones para tratar de mantener el control sobre las montañas de Puntlandia, que le sirven de nexo geográfico de unión con las bandas de Somalilandia y con los puertos del Índico y el Mar Rojo, a través de los cuales pueden recibir armas y pertrechos.

Por otra parte, resulta difícil considerar verdaderamente representativo a un grupo de 20 yihadistas, máxime cuando se desconoce cuántos combaten realmente en el Golis, y si estas bandas de milicianos cuentan con algún tipo de coordinación tras la deserción de ‘Atom’. Lo que en realidad puede ser inquietante para los dirigentes de al-Shabaab es que este sea el comienzo de una crisis interna como la protagonizada en 2011 por ‘Godane’ y su antecesor, el jeque Aweys, que no hizo más que debilitar a la organización terrorista.

(FILES) -- A file photo taken on January 7, 2010 shows an armed Somali pirate along the coastline while the Greek cargo ship, MV Filitsa, is seen anchored just off the shores of Hobyo, northeastern Somalia, where its being held by pirates. On the 20th anniversary of president Mohamed Siad Barre's ouster that triggered Somalia's descent into chaos and one of Africa's longest civil wars, prospects for peace remain slim, analysts said. The Horn of Africa country is now best known to the outside world for being the place that inspired the Hollywood war movie

Pero, pese a ello, el escenario no puede ser más preocupante: el DAESH anhela con crear en el Cuerno de África el emirato de Habasha, que podría llegar a servirle de enlace entre sus filiales de Yemen y el Mashrek y Boko Haram y las células yihadistas del Este de África. Desde luego, la fragilidad del Estado somalí supone una excelente oportunidad para el Estado Islámico, por muy mal que puedan irle las cosas a al-Shabaab. La pelota está en el tejado de la UE, de Estados Unidos, de la Unión Africana y de los demás actores que han desembarcado en Somalia en defensa de sus intereses estratégicos tras la avalancha de ataques piratas de la última década. Y, también, de Kenia y Etiopía, que históricamente han puesto en práctica en Somalia una política basada en el principio del “divide y vencerás”.

Pero si la comunidad internacional continúa avalando una transición a todas luces inacabada sin sentar las bases para un proceso sólido de reconstrucción nacional, es posible que ni el éxito de la EUNAVFOR Atalanta pueda mantenerse en el tiempo.

Somalia lleva 20 años sumida en la guerra civil, y bien podrían pasar otros 20 hasta que la transición que acabó oficialmente en 2012 dé como resultado un Estado que pueda garantizar a sus ciudadanos una mínima seguridad. De lo contrario, todo lo que les queda a los somalíes es la frase de una de sus grandes poetisas contemporáneas, Saado Ali Warsame, asesinada en 2014 por al-Shabaab: “Dejadnos seguir caminos separados si no vais a gobernarnos o no nos vais a dar ninguna oportunidad de que podamos gobernarnos”.

David González es administrador civil del Estado e investigador en Relaciones Internacionales


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